| El
Carnaval urbano |
| Javier
Sada |
La matización entre la diferencia del
Carnaval urbano al Carnaval rural es notable. Mientras que el rural conserva
ritos, personajes, cantos,vestuarios..cuyo origen se pierde en el tiempo,
respondiendo su celebración, por lo menos en origen, a una iniciativa
de los vecinos del lugar, el carnaval urbano, casi siempre, está
organizado o cuando menos respaldado por entidades oficiales aunque la materialización
del programa cuente con la colaboración de entidades populares: en
ellos se busca más espectacularidades, el colorido, el poder de convocatoria
a miles de ciudadanos que el cumplimiento de una tradición que habitualmente
no suele existir, salvo en el mero aspecto del hecho concreto de su celebración.
En la actualidad son muchas las poblaciones que tienen
basado su Carnaval Urbano en el fenómeno turístico, contando
su éxito en función de la ocupación hotelera, motivo
por el que la filosofía del carnaval queda muy en segundo término.
Son carnavales que se desarrollan con patrocinadores, en escenarios acotados
o cubiertos o sin cubrir, con público estático sentados en
localidades más o menos de pago.
No abundan los disfraces en el Carnaval Urbano, quizá algo más
en los más pequeños, pero la fiesta queda reducida a unas
personas que reducen el carnaval de forma activa en comparsas que se desarrollan
en cabalgatas y otras, mucho más, cuyo papel se limita al pasivo
de ser simplemente espectadores.
El Carnaval Urbano se celebra encorsetado por una programación controlada
que es, en resumen, la columna vertebral de su desarrollo.
Contrariamente a lo que parece pedir el Carnaval, el
disloque del orden establecido, en el Carnaval Urbano existen horarios,
circuitos, comienzo y final de las fiestas. No hay comunión entre
participantes y espectadores en base a un ritual o personaje central, quedando
todo limitado a la mayor o menor brillantez de las carrozas, del vestuario
o de los bailes.
Es frecuente, en el Carnaval Urbano, que los integrantes de las comparsas
estén más o menos preocupados por el lucimiento de su casi
siempre costoso atuendo, por la buena ejecución de los bailes aprendidos
y por ser objeto de la mirada puesta única y exclusivamente en pasárselo
bien, haciendo aquello que en cada ocasión a uno le pida el cuerpo
sin más control que el respeto al vecino.
Ha sido, en todo caso, la propia idiosincrasia de cada pueblo, en base
a sus creencias religiosas y regímenes políticos, la que ha
marcado en cada época la celebración del Carnaval:
Nos cuentan los viejos textos que en Egipto las fiestas se dedicaban al
buey Apis, y que los germanos lo hacían a la diosa Nertha, y que
los griegos las dedicaban a Dionisios, mientras los hombres y mujeres se
cubrían los rostros con hojas o se los desfiguraban ennegreciéndolo
o de cualquier otro modo, para de esta guisa entregarse al bullicio y a
la alegría.
Y en el olimpo griego permanecía Momo, el dios de la noche, hasta
que debido a las constantes burlas, sarcasmos,y locuras que dispensaba a
los demás dioses, fue expulsado del paraíso siendo proclamado
Dios del Carnaval.
Y que los hebreos, a pesar de las prohibiciones del Deuteronomio, celebraban
con disfraces y bulliciosamente las fiestas de Pharimó, que estaban
aprobadas y habían sido constituidas en memoria de haberse libertado
de los judíos de las asechandas de Amán, que intentó
hacer entre ellos un destrozo general.
Y nos sigue diciendo que en Roma, con especial dedicación a Isi,
Baco, Saturno...durante los saturnales el esclavo se ponía el vestido
del amo y se sentaba con él a la mesa, mandaba y obedecía,
mientras el poderoso se hacía pasar por esclavo.
Y los esclavos elegían al más bello de todos ellos para respetarle
como a un dios mientras duraban las fiestas, obligándole a dar su
vida en el altar de Saturno, al que había representado, una vez terminadas
las bacanales.
Se sabe de las grandes fiestas que tuvieron lugar en la península
ibérica durante la dominación romana, si bien correspondió
a los godos el desterrarlas. Los árabes celebraron bailes de máscaras
que marcharon con ellos tras su expulsión de España. Carlos
I y doña Juana, Felipe V y otros reyes españoles, antes y
después, prohibieron severamente las fiestas de Carnaval, aún
cuando existen todavía libros en los que se recuerda que las órdenes
no fueron del todo aceptadas.
Los bailes de las máscaras de Luis XIV en Versalles colaboraron
a levantar el veto que sobre los carnavales existían, siempre por
motivaciones religiosas o políticas.
Recordando que fueron reyes franceses como Enrique III y IV los que no
sólo apoyaron el Carnaval sino que colaboraron con él enmascarándose
y recorriendo las calles haciendo mil diabluras. La Corte española
se dejó llevar por el esplendor de la francesa y no queriendo ser
inferior imitó sus bailes y festejos correspondiendo a Carlos III
el difinitivo restablecimiento de las fiestas en la península.
En Donostia-San Sebastián, donde, como en otros lugares, el Carnaval
se celebra desde tiempo inmemorial, cabe hacer una separación entre
lo que fueron las fiestas antes y después del año 1900. Fue
en esta ocasión, aprovecando la anécdota del cambio del siglo,
cuando la ciudad, habiendo culminado sus aspiraciones relativas al turismo
de verano, quiso volcarse en el turismo de invierno.
Así, en los Carnavales del año 1900, el Ayuntamiento invirtió
tal cantidad de dinero que durante esos días consiguió que
el número de forasteros triplicara al de hablantes.
Fue a costa de perder el carácter individual y familiar, de amigos
y rondallas, de espontaneidad y autenticidad que desde siempre había
presidido la celebración de las fiestas.
Y llegaron las cabalgatas como elemento básico de la programación
que, ayer como hoy, sigue siendo el símbolo del Carnaval Urbano.
Javier Sada, cronista de San Sebastián. |
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