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La Educación para el Desarrollo
se enmarca dentro de la Cooperación al Desarrollo y, al
igual que ésta, cuenta con una larga tradición
de trabajo relacionado, sobre todo, con la amplia actividad que
despliegan las ONGD en la lucha por la erradicación de
la pobreza y la desigualdad y en su compromiso con la justicia,
la solidaridad y la promoción de los Derechos Humanos.
En este artículo vamos
a intentar situar la evolución de la Educación
para el Desarrollo desde sus orígenes hasta nuestros días,
los retos que se nos plantean en la actualidad a quienes promovemos
este enfoque y las dimensiones presentes en la E.D. para dar
respuesta a tales desafíos.

Evolución de la Educación para el Desarrollo La Educación para
el Desarrollo en Europa tiene ya más de cuatro décadas
de historia, si bien en el caso del País Vasco y del estado
español, es apenas en la década de los años
80 cuando se inicia lo que podríamos considerar un trabajo
más sistemático en esta área.
Sus orígenes se remontan
a las primeras acciones de sensibilización de la opinión
pública que las Organizaciones No Gubernamentales iniciaron
en distintos países europeos con el fin último
de recabar fondos para sus proyectos de desarrollo.
La constatación de que
las sociedades del Norte vivían de espaldas a la situación
de pobreza y marginación que constituía la realidad
cotidiana para importantes sectores de la población mundial,
fue la que animó a las ONGD a dedicar esfuerzos a la divulgación
de informaciones sobre la grave problemática que afectaba
a lo que, en aquel momento, se dio en llamar "Tercer Mundo".
La sensibilización y la
Educación para el Desarrollo se conformaron de esta forma,
junto a la presión política ante las instituciones
y los proyectos de desarrollo sobre el terreno, en uno de los
ámbitos de trabajo habituales para las ONGD.
Sin embargo, pronto se demostró
que la información por sí sola era insuficiente
para transformar las mentes de las personas del Norte -más
proclives a la caridad que a la solidaridad- y, mucho menos,
para conseguir transformar actitudes basadas en estereotipos
fuertemente asentados.
Las propias ONGD, a través
de sus campañas de sensibilización, contribuían
sin querer a difundir una imagen de los países del Sur
como carentes de iniciativa, incapaces de impulsar su propio
desarrollo, víctimas pasivas de todo tipo de catástrofes
y a la espera paciente de que la cooperación y la disposición
magnánima de los países donantes de ayuda contribuyeran
a mejorar la situación política, económica
y social de estos países.
Esta práctica venía
avalada por el convencimiento de que el modelo de desarrollo
imperante en occidente, se podría reproducir en los países
del Tercer Mundo quienes lograrían así superar
su situación de "atraso" y alcanzar la "modernización".
Una buena combinación de tecnología, formación
y capital haría posible tal proyecto.
Los indicadores económicos
y la observación de la propia realidad pusieron de manifiesto
la complejidad del problema del desarrollo. La extensión
del modelo occidental a otras áreas era inviable.
La industrialización y
el crecimiento económico en el Norte habían sido
posibles, entre otros factores, gracias a un sistema de dominación
colonial que había permitido disponer de recursos naturales,
materias primas, mano de obra barata y mercados asegurados como
motor de desarrollo. Esta política basada en la explotación
sistemática del Tercer Mundo era la que había facilitado
el "despegue" económico en occidente y la que
hacía imposible la reproducción de tal modelo en
los países del Sur.
Los teóricos de la dependencia,
además de demostrar la estrecha relación entre
desarrollo y subdesarrollo -el primero como inductor del segundo-
impugnaron un modelo que alimentaba las dependencias económicas,
financieras y políticas y que suponía un lastre
del que las áreas del Tercer Mundo tendrían que
desprenderse, necesariamente, si querían protagonizar
un desarrollo propio.
La influencia de este nuevo paradigma
y la preocupación por diversas problemáticas: crisis
ecológica, aumento de la pobreza, marginación del
mercado mundial de los países productores de materias
primas... hicieron aumentar la conciencia de que vivimos en un
mundo interdependiente donde existen problemas globales que requieren
soluciones globales.
Por
esta época, años 80, la Educación para el
Desarrollo avanza hacia un tipo de prácticas más
propiamente educativas. El objetivo no era sólo aportar
información sobre la situación de los países
empobrecidos sino ofrecer las claves que permitieran comprender
la realidad y que contribuyeran a conformar una conciencia crítica
en la mente de los ciudadanos y ciudadanas.
La globalización plantea
nuevos retos a la E.D. La Educación para
el Desarrollo va adquiriendo experiencia, extendiéndose
lentamente e incorporando nuevas visiones que enriquecen su perspectiva
y facilitan análisis de la realidad cada vez más
complejos e integrados. En la década de los 90 y hasta
el momento actual, la Educación para el Desarrollo da
un giro importante al unir de forma indisoluble conciencia crítica
y acción colectiva, componentes ambos imprescindibles
para hacer frente a los desafíos planteados como consecuencia
de la globalización.
Los efectos de la globalización
nos alertan sobre las consecuencias que se derivan de un sistema
que ha hecho del neoliberalismo la bandera que rige las decisiones
políticas y económicas de los estados, del mercado
el mecanismo regulador de las relaciones internacionales al que
se supeditan medidas de índole social que afectan directamente
a las personas en materia de salud, educación, trabajo,
derechos humanos, etc.
Nunca como ahora, habíamos
sido conscientes de la importancia de seguir de cerca las decisiones
que toman organismos supranacionales como el Banco Mundial, el
Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial
del Comercio. Estas instituciones son quienes en última
instancia determinan políticas de ajuste estructural para
muchos estados, condenándolos a una deuda que ahoga las
posibilidades de contar con una economía saneada, quienes
proponen las liberalización de la agricultura bajo determinadas
normas (quién debe producir qué, cuánto,
y en qué condiciones), quienes estipulan las reglas del
comercio internacional, de los mecanismos financieros, de los
derechos laborales, las claúsulas sociales y un largo
etc.
La pérdida de poder de
los estados frente a estas instituciones supone un duro golpe
para la democracia. El centro de poder se aleja de la ciudadanía
y sus decisiones escapan a todo tipo de control. Sin embargo,
los efectos de la mundialización económica de signo
liberal afectan directamente a las condiciones de vida de las
personas. La conciencia sobre este hecho ha tenido un efecto
muy positivo en la revitalización de los movimientos sociales
y en la organización de plataformas de resistencia a nivel
internacional: Ginebra, Seattle, Praga son muestra de ello.
Con este panorama por delante,
la Educación para el Desarrollo debe desempeñar
un papel relevante a la hora de promover conciencia crítica
sobre la realidad mundial y de dotar a la ciudadanía de
herramientas para la participación y la transformación
social en claves de justicia y solidaridad.
Conocer y comprender críticamente
las problemáticas mundiales y sus efectos en los contextos
locales es el paso previo para situar los aspectos de la realidad
social, política y económica que debemos transformar.
Qué podemos hacer a título individual y qué
podemos hacer en colectivo se convierten en los ejes finales
que orientan las propuestas de la Educación para el Desarrollo.
Por todo ello, consideramos que
la E. D. tiene cuatro dimensiones en torno a las cuales articula
sus propuestas:
- Dimensión ideológica.
La lectura de la realidad se hace desde determinadas claves que
ayudan a interpretarla y que facilitan la convergencia de distintas
perspectivas: de género, intercultural, ecológica...
para, desde esas miradas, determinar las condiciones de posibles
modelos alternativos
- Dimensión ética
y cultural. La Educación para el Desarrollo busca reconstruir
un pensamiento critico que analice los problemas sociales desde
la perspectiva de la dignidad humana, del valor de la persona,
que tome partido por los sectores más vulnerables y que
extienda la solidaridad y los derechos humanos como bases de
un cambio hacia un modelo de desarrollo más humano y equitativo.
- Dimensión pedagógica.
La E.D. tiene un importante componente formativo. Esto significa
que las acciones no son espontáneas o libradas al azar
sino que, en función de los grupos a los que se dirigen
sus propuestas y, en consonancia con ellos, se definen, objetivos,
contenidos y estrategias adecuadas. Cuestionar nuestros modelos
de desarrollo, redimensionar el concepto de solidaridad (hoy
en día, desvirtuado en manos del poder y de los medios
de comunicación) y definir los ámbitos de la acción
personal y colectiva constituirían las finalidades pedagógicas.
- Dimensión política.
Como educación orientada a la transformación social,
la Educación para el Desarrollo promueve la participación,
define y estimula las estrategias que pueden hacerla posible.
Cumple por tanto un papel de herramienta para el fortalecimiento
democrático donde los grupos implicados recuperan su voz,
asumiendo la responsabilidad colectiva y el derecho que nos asiste
de definir conjuntamente un futuro deseable.
Estos son los principios que
orientan la práctica de la Educación para el Desarrollo
y, desde ellos, enfrentamos los retos que este mundo globalizado
nos plantea a las sociedades del siglo XXI. Gema Celorio,
miembro del Equipo de Educación para el Desarrollo de
Hegoa |