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No resulta fácil hablar, y mucho
menos escribir, sobre un tema que puede provocar posturas enfrentadas
aun cuando no se pretenda otra cosa que expresar algunas ideas
que le parecen a uno sensatas y, por lo tanto, defendibles en
un momento concreto.
No obstante, repondiendo a la
invitación de la Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios
Vascos, me atrevo a opinar en un medio de difusión de
la cultura vasca sobre un tema como la toponimia que no hace
mucho ha sido objeto de una polémica que ha enfrentado
a la Real Academia Española con las Academias de las lenguas
catalana, gallega y vasca en relación con la denominación
en castellano de topónimos de estas comunidades, según
lo que recogía la prensa no hace mucho (cf., por ejemplo,
El País, 23.04.00, p. 31 y 29.04.00, p. 39).
1.- El hecho es que a la dificultad
que entraña el estudio científico de la toponimia
se une la pasión que desata tanto la defensa del topónimo
propio como el rechazo al topónimo en otra lengua. Y es
que no deja de ser cierta la idea de que la toponimia puede ofrecer
una información valiosísima sobre la historia de
un pueblo. En este sentido, el esfuerzo por recuperar una forma
determinada o una simple grafía del topónimo obedece
a ese interés y a la predilección por una parte
de la historia de un pueblo, la cual los dirigentes políticos,
las fuerzas culturales o el pueblo llano sienten como propia
o se identifican con ella y, a la vez, les diferencia más
en un momento histórico concreto.
Prueba de ese esfuerzo y reflejo
del interés por recuperar y conservar una parcela de la
historia de un pueblo es no sólo la modificación
de los nombres de lugar de varias zonas peninsulares, entre ellas
la correspondiente a Euskadi, sino también la publicación
de libros sobre toponimia publicados por la Euskaltzandia en
la colección Onomasticon Vasconiae. No deseo relegar
otras publicaciones de esta colección al mencionar el
libro de Á. Líbano: Toponimia Medieval en el
País Vasco por ser producto de un buen método
y por reflejar una actitud científica que no siempre
se encuentra en este tipo de trabajos que nos permite,
por ejemplo, saber que el topónimo navarro actual aristu
aparece documentado como ariçtoya (a. 1174),
ariztea (a. 1198), ariztuiua (a. 1042), ariztviga
(1042). Este tipo de información es básico no sólo
para conocer la lengua originaria y la evolución o variación
sufrida, sino también para justificar la elección
actual de una u otra forma como nombre oficial.
Por eso toda información
es poca y no se debe desdeñar ninguna, aunque sea como
la de Juan de Arphe y Villafañe, quien en su obra de 1675,
titulada: Varia conmesuración para la escultura y arquitectura
cita estos topónimos de "Vizcaya y del Reyno de Navarra"
(Libro I, Cap. III. Trata de Reloxes cilindros, p. 30):
Durango, Motrica, Salvatierra,
Estella, Alegría, San Sebastián, San Juan del pie
del Puerto, Ondaroa, Bermeo, Fuente-Rabía, Portogalete,
Vilbao, Pamplona, Bayona, Guetaria, Puente la Reyna, Tolosa,
Tafalla, Rentería, Victoria, Lequeytio.
2.- Cuando falta la información
o cuando se actúa guiados más por el corazón
que por la cabeza se puede llegar a tomar unas decisiones que
provocan el rechazo de los especialistas, rechazo que no siempre
es bien expresado o entendido. Pero más rechazo provoca
aún el desinterés por el tema que refleja el hecho
de que si alguien va de Burgos a Madrid puede leer en los paneles
indicadores de la N-I Villalvilla, mientras que si viaja
hacia León se encuentra nada más salir de Burgos
con Villalbilla; en este caso la grafía diferente
puede llevar a pensar en étimos diferentes.
Los cambios de los nombres de
las poblaciones pueden haber obedecido a razones de política
cultural, aunque no siempre; por ejemplo, creo recordar que fueron
razones estéticas las que llevaron a los habitantes del
pueblo salmantino de Bellavista a sustituir su anterior
denominación de Caracerdo. En la llamada toponimia
menor es donde mejor se puede observar que han sido los propios
habitantes del lugar los responsables de los cambios, ayudados,
en ocasiones, por los técnicos de la capital comarcal
o provincial. Y la verdad es que son ellos quienes aceptan, rechazan
o modifican los topónimos, a pesar de los especialistas
y, en ocasiones, de los políticos; así ha sucedido
en un pueblo burgalés que al tomar el nombre de una zona
cercana a la plaza de toros ha sustituido La Ren por La
Herrén al aplicarlo a una sociedad de aficionados
a los toros.
No creo que tenga sentido defender
la inmovilidad y la pureza lingüística cuando se
sabe que las lenguas están en continuo cambio y en constante
mezcla; y menos en un momento en que el intercambio es mayor
que cuando el nombre de Donibane o de Donosti surgió
a partir del latín. Así diversos estudios muestran
cómo en la actualidad, junto a topónimos de claro
origen vasco se encuentran otros de claro origen latino-romance
tanto en Álava como en Burgos, en Salamanca o en Ávila.
Como ejemplo se puede citar el topónimo Aranda,
relacionado con el vasco arán 'endrino', procedente
del céltico *AGRANIO, (cf. la revista Biblioteca, Estudio
e Investigación, nº 12 del Ayuntamiento
de Aranda de Duero). Y no son pocos los casos en que hay que
recurrir a la lengua vasca para buscar la procedencia de otros
topónimos burgaleses como Juarros o Ura.
3.- No obstante, es en el contexto
de la recuperación de la cultura de un pueblo donde puede
entenderse la actitud que lleva a la defensa institucional de
una forma toponímica como forma oficial en el propio territorio
y también en aquellos en que se habla otra lengua, aun
cuando aquellos que en algún momento se han acercado a
aprender una segunda saben que en la lección sobre los
países y capitales del mundo han tenido que aprender la
pronunciación y la escritura correspondientes en esa lengua.
En principio no debería
haber problemas al emplear en cada lengua la forma toponímica
tradicional o la adaptación a esa lengua del nombre oficial
de una localidad. Ahora bien no son pocos los que defienden que
se emplee el topónimo en la lengua oficial autóctona
en cualquier circunstancia y con independencia de la lengua en
que se esté realizando la comunicación como un
derecho al reconocimiento de la propia identidad. Por eso quizás
no sea fácil extender la idea de que es necesario desdramatizar
el tema, dejar que las gentes actúen con tranquilidad
y libertad y, mientras tanto, dedicarse desde los organismos
culturales a proporcionar toda la información posible
y siempre con el mayor rigor científico posible.
Esta idea, que tiene que ver
con el hecho de que podemos cambiar los nombres existentes y
sustituirlos por los nombres que nos parezcan mejor o que nos
gusten más, ya que somos dueños de nuestra lengua,
no debe desligarse de otra que destaca el enorme interés
de la toponimia para conocer la historia de un pueblo y, más
aún, la evolución e influencias de otras lenguas,
lo cual obliga a documentarse convenientemente si es que se quiere
ser respetuoso con el pasado.
Hermógenes
Perdiguero, Universidad de Burgos |