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Comenzaré
por señalar nuestro potencial de simbolización ante
el nacimiento.
Tanto el nacimiento
como la muerte son los dos momentos más importantes de
nuestra especie humana, bien sea a nivel individual como social.
Ambos momentos requieren de una importante reorganización
y simbolización. Estamos ante importantes ritos de paso,
que ya han sido categorizados por el autor Arnol VAN GENNEP (1873-1957)
en su obra Les rites de passage (1909). La simbolización
ritual nos sirve tanto a nivel individual como social para pasar
de una situación a otra.
A continuación
voy a exponer una acción ritual de margen que le
ha sido narrada en su infancia al informante Constantino Azpiroz
Zuloaga de setenta y dos años en 1992, si bien esta narración
también la ha oído Esther Ibarburen de sesenta años,
de la misma población, voy a señalarla con el testimonio
de Constantino. Por lo tanto, la narración se sitúa
en la década de los años mil novecientos treinta
en la población rural de Aia (Gipuzkoa).
Constantino:
Lo de la teja. Las mujeres recién paridas si. Tener
la familia y después entrar a los ocho días a
la iglesia con el niño, y antes de entrar no podían
salir para afuera (de la casa) mas que con una teja en la cabeza...decían
que la mujer de tal caserío con la teja en la cabeza.
Yo no lo vi, pero eso en mi casa solían decir, para salir
afuera tendrán que poner la teja en la cabeza, tonterías.
Euskal
Herria Informantes: 1999.12.06,1-19:38
La evocación
de este gesto ritual es contemplada por Constantino como una "tontería",
es decir carente de significado, en definitiva estamos ante esos
gestos rituales que van perdiendo significado de una generación
a otra, constituyendo este momento un auténtico hito, ya
que en ese silencio ritual, emerge una nueva simbolización.
El ritual comienza
desde el momento del nacimiento de la criatura; madre e hijo entran
en una situación de margen durante los ocho días
previos a su entrada en la iglesia con el niño.
El gesto ritual durante
la situación de margen consiste en que la madre
lleva la teja sobre su cabeza en el momento de salir de casa,
simbolizando de este modo para ella y para su comunidad su estado,
que culmina una vez que ha realizado la entrada en el templo.
A partir de aquí madre e hijo ya tienen sus nuevos roles
en la comunidad, ella como madre y su hijo como un nuevo miembro
de la misma.
Del mismo modo que
la teja en la cabeza de la madre simboliza la llegada de un nuevo
ser, la teja se retira del tejado ante la llegada de la muerte
de uno de los miembros de la casa, es así como nos lo muestra
el siguiente testimonio.
Mari Karmen:
Cuando yo tenía doce años, recuerdo ir acompañando
al viático, y he visto como en el caserío Irañeta
del barrio Izaskun de Tolosa, retiraban una teja. Yo estaba
fuera con más gente, y vimos realizar esto en el momento
en que se producía el fallecimiento de la abuela, y yo
estaba esperando ver el alma en forma de paloma salir por el
tejado, ya que eso es lo que nos decían, y la teja que
habían sacado coincidía con el lugar donde estaba
la habitación de la fallecida.
Euskal
Herria 2000.01.26,3.17:44
Para Mari Karmen,
el gesto de retirar la teja significa facilitar la salida del
alma de la persona fallecida. Del mismo modo para mi informante
[Josu] Nazabal, de sesenta y tres años, que nació
en Villafranca de Ordizia, de niño le fascinaba ver en
los tejados de los caseríos retiradas las tejas en forma
de cruz, para ello se subía al monte, a él también
le decían que por allí salía el alma del
difunto.

Caserío
Ustaeta-Buru, Aia (Gipuzkoa), agosto de 1998. Foto: Juan Lazcoz
Mediante un mismo
elemento, la teja, estamos simbolizando tanto la vida como la
muerte.
En la cultura gallega
en mis parroquias coruñesas estudiadas de Olveira y Corrubedo,
no se halla a lo largo de este siglo veinte una simbolización
con la teja. Sin embargo el alma del difunto tiene que salir de
la casa, y lo hará por la puerta de la misma.
Tengo el testimonio
de la parroquia de Corrubedo en el que al difunto se le invita
a salir de la casa diciendo la última mujer que cierra
la casa una vez que se conduce el ataúd para el entierro,
las palabras de "Vamos, y vamos todos, vamos vivos y muertos".
Las puertas se cierran durante el velatorio y el alma del difunto
saldrá con la invitación de las palabras.
Sin embargo, en la
parroquia vecina de Olveira en el momento de realizar esta investigación
1998 y 1999, presencio una insistencia actual en el gesto consensuado
colectivo de dejar la puerta de la casa durante el velatorio entreabierta,
sin embargo, sus actores sociales aparentemente no saben por qué
lo hacen, ni dicen ninguna frase. Este es el consenso tal y como
yo lo he comprobado en esta investigación, si bien en todos
los informantes está presente el significado implícito
de la salida del alma del difunto.
Esta rica simbología,
que si bien en el momento de realizar la investigación
en el contexto cultural vasco, ya no se halla presente, y sí
la tenemos en el contexto cultural gallego, pero aunque en este
último desaparezca, ¿realmente podremos afirmar los estudiosos
sociales que hemos perdido ritualidad ante la muerte?. Mi punto
de partida es que si bien el aspecto social en nuestras sociedades
complejas no recae de forma plena en el auzoa, no obstante
ésta ritualidad no se ha perdido, ha cambiado la misma
en gestos individuales realizados en el tanatorio, o incluso en
la misma casa, pero los gestos siguen existiendo, y aquí
es donde se abre para nosotros los antropólogos el estudio
actual de los comportamientos ante la vida y la muerte, que siempre
fluctuarán en ese consenso simbólico entre lo individual
y lo social y viceversa.
(1)
La investigación que aquí presento se halla inserta
en una amplia reflexión sobre todo el siglo veinte tanto
en la cultura vasca como en la gallega, abordando los comportamientos
culturales ante la enfermedad y la muerte y recogida en la tesis
doctoral: "Hacia el encuentro de mi anthropos: la muerte dínamo
estructural de la vida".
(VOLVER) Rosa García-Orellán,
antropóloga |