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El sistema agrario que caracteriza al caserío vasco aparentemente
se mantiene en sus fundamentos básicos en el último
cuarto de siglo. Los primeros datos del censo agrario de 1999
no muestran alteraciones significativas y, en términos
generales, usos, explotaciones y actividades conservan su anterior
presencia.
Observamos que, a pesar de ello, ya está iniciado un proceso
que lleva a la consecución de un nuevo escenario en el
medio rural vasco-atlántico, un espacio sin agricultores.
Cambia el sistema productivo, la dinámica poblacional,
los usos del suelo y también el espacio social que rodea
al caserío.
Las aportaciones que en este artículo recogemos son las
conclusiones de un trabajo de investigación que, centrado
en una comarca cuya explotación agrícola característica
es el caserío, trata de observar la evolución y
situación actual que presentan los elementos principales
que conforman el espacio agrícola.
La investigación se centra en la realidad de Donostialdea-Bidasoa,
una comarca marcada por la proximidad del entorno urbano, aunque
todo indica que la intensidad y el proceso que recogemos se esta
materializando de similar manera en Gipuzkoa y, según investigaciones
recientes relativas al caserío vasco, en toda la vertiente
atlántica de la Comunidad Autónoma.
1.-Quiebra del espacio agroganadero: la falta de población
activa como detonante
Todo sistema territorial muestra unos mecanismos de transmisión
que aseguran su continuidad, su desarrollo o, en su defecto, su
quiebra. De aquellos que regulan el espacio agrícola de
la comarca uno es el que principalmente está generando
la ruptura de su sistema, la falta de mano de obra familiar. El
interés de algunos de sus miembros jóvenes por esta
actividad es garantía de continuidad. Sin embargo, no es
ésta la situación observada y, en la mayoría
de los ejemplos, la población más joven no muestra
interés por tomar el relevo en esta función. El
resultado es el comienzo de un proceso que en distintas fases
(empieza una vez que el jefe de la explotación supera los
50 años), lleva al abandono de las labores agrarias. Aunque
tiene un inicio anterior, el último paso coincide con la
llegada a la jefatura de la explotación de una generación
que no ha conocido la sociedad rural que ha caracterizado en gran
medida al caserío vasco hasta los años sesenta.
Tan sólo en los casos en los que alguno de los hijos decide
continuar con dedicación completa a esta actividad y asegura
el relevo al frente de la explotación, la actitud que adopta
el titular es muy distinta, apostando por la renovación
de la explotación y el aumento de su capacidad productiva.
Incluso tratará de mantener, en la medida de lo posible,
la base territorial del caserío en su integridad, compensando
a los otros hijos con otros bienes inmuebles o con aportaciones
económicas.
No suele ser ésta la actitud mayormente observada y en
la comarca más del 90% de las explotaciones carecen de
relevo generacional. Por tanto, las actitudes tendentes a la marginalización
y abandono progresivo van a ser las mayoritarias.
La falta de renovación de la función agraria en
el seno de la familia afecta a toda la estructura del sistema:
Las funciones agroganaderas inician un proceso que lleva finalmente
a su abandono, que se va materializando en distintas etapas: mantenimiento
de actividad sin renovación ni mejoras en la explotación,
extensificación (de bovino de leche a carne o a ovino),
marginalización económica y, en un último
estadio, la consecución de una actividad residual o el
retroceso definitivo.
Los aprovechamientos del suelo agrícola utilizable
se extensifican, pasando de la pradera al pasto con siega,
al pasto sin siega y, finalmente, a la pérdida de su capacidad
energética. El suelo agrícola utilizable se reduce
progresivamente.
La base territorial del caserío se divide en unidades
aún más pequeñas. Al dejar de ser el
medio necesario para la supervivencia del núcleo familiar,
el mayorazgo pierde su función y los bienes inmuebles comienzan
a repartirse entre unos hermanos que heredan por igual. El valor
económico del patrimonio hace impensable una compensación
monetaria que permita mantener el dominio del caserío.
Las actividades complementarias (agroturismo, restauración...)
se convierten en sustitutivas de la que supuestamente es la
principal de la explotación, la agroganadera, que en esta
tipología de caseríos se va marginando progresivamente.
Entre la intensificación y el abandono de la actividad,
la vía de la complementariedad apenas tiene representación.
Tal vez, la mayor peculiaridad que presenta esta sucesión
es su carácter generalizado. Pocas son las unidades agroganaderas
que escapan a ella. Teniendo en cuenta a aquellas que ejercen
la actividad a tiempo parcial no llegarán a superar al
10% de las existentes actualmente y a medio plazo, una vez que
se materialicen algunos de los planes de desarrollo urbanístico
planteados y aprobados, este número descenderá aún
más. La mayoría de las explotaciones se enfrentan
a este proceso pero entre todas ellas son las que han ejercido
la agricultura a tiempo parcial las que de un modo más
intenso se ven afectadas. Si la A.T.P. supuso en la década
de los sesenta un modelo que permitió mantener la actividad
en el caserío vasco, amortiguando la reducción de
activos agrarios, con la llegada de la siguiente generación
se consuma el abandono definitivo de las funciones agrarias.
Debido a la intensidad del proceso de abandono de las actividades
agroganaderas que observamos, no hablamos de renovación,
reestructuración o reconversión, sino de una auténtica
aniquilación de este medio. Si el generador de la ruptura
del sistema agrícola de la comarca es la falta de mano
de obra activa, las causas que llevan a esta situación
hemos de buscarlas en el exterior de este espacio, en el desarrollo
general de las ocupaciones agroganaderas y en la influencia que
el medio urbano ejerce sobre el suelo y la población agrícola.
2.-La proximidad urbana y la globalización económica
provocan el abandono de la actividad
Las dificultades estructurales del caserío para adecuarse
a las exigencias de un mercado internacionalizado y las ventajas
comparativas del trabajo en la ciudad frente al del campo son
las causas que justifican el abandono de la actividad en la comarca.
A lo largo de este trabajo hemos comprobado cómo se materializaba
esta influencia, haciendo al medio agrícola de Donostialdea-Bidasoa
partícipe de una realidad en gran medida generalizada.
A modo de conclusión, recogemos a continuación cómo
condicionan estos caracteres el desarrollo de los espacios agrícolas
y, concretamente, el de la comarca.
La racionalización económica potencia la desaparición
del pequeño agricultor. La evolución observada
en la comarca coincide, en primer lugar, con el desarrollo
general de los espacios agrícolas. El devenir de los
sectores agroganaderos está marcado por una política
que tiene entre sus objetivos crear un sector competitivo, capaz
de hacer frente y sobrevivir en una economía de libre mercado.
El resultado es la consecución de un modelo que trata de
rendir más y más barato. Como resultado, un pequeño
grupo de explotaciones se adecua a las exigencias que la globalización
económica impone en este sector, aumentando sus rendimientos
y capitalizando su explotación, pero la mayoría
no renueva instalaciones, reduce su renta agrícola y finalmente
abandona la labor.
Dentro de esta generalización, la unidad agrícola
que se desarrolla en la vertiente atlántica vasca presenta
una serie de particularidades que llevan a que el proceso de retirada
de la actividad sea aún más intenso. En primer lugar,
la comarca constituye una unidad de Agricultura de Montaña,
zona desfavorecida en la que los usos agrícolas se ven
limitados por la pendiente.
Del mismo modo, la explotación agrícola de la comarca
es partícipe de una unidad territorial común a todo
el ámbito vasco-atlántico, el caserío. Sus
caracteres son coincidentes (especialización ganadera,
usos del suelo, régimen de tenencia, base territorial,
...) y también su problemática. Constituye una tipología
con problemas estructurales, principalmente originados por contar
con una reducida superficie agrícola utilizable en propiedad.
Como resultado, la unidad ganadera que se especializa, recurre
al empleo masivo de aporte energético exterior, aumentado
el gasto variable y presentando unos beneficios netos comparativos
menores que los que se obtienen en otras áreas, regiones
o países europeos.

Por tanto, el modelo agrícola potenciado reduce las posibilidades
de adecuación de una unidad productiva con unas claras
limitaciones territoriales y físicas. No puede competir
en una economía de mercado y las únicas opciones
que tiene es el recurso masivo a imputs industriales o el abandono
de la actividad. En definitiva, se está materializando
una situación ya prevista hace varias décadas, amortiguada
por el desarrollo puntual de la A.T.P. y que ahora se consuma
definitivamente, desapareciendo la denominada "agricultura insuficiente".
La ciudad acentúa la intensidad del proceso de abandono.
El medio agrícola de las áreas periurbanas,
tradicionalmente, ha tenido una evolución peculiar y en
muchos casos, producto de la proximidad al mercado, ha generado
una actividad más competitiva y desarrollada que en zonas
más alejadas. En la comarca de Donostialdea-Bidasoa se
refleja en la consecución de la especialización
hortícola de un buen número de caseríos,
que aprovechan su ubicación para desarrollar sistemas de
comercialización en circuito corto. Sin embargo, la ciudad
también impone una serie de limitaciones que condicionan
la evolución final de estas actividades.
La urbe elimina progresivamente la función agrícola
en sus proximidades. Una de las causas principales que provoca
esta situación tiene su origen en el precio del suelo rural,
cuyo valor deja de estar fijado por su capacidad agrícola
para pasar a ser regulado por sus posibilidades urbanísticas.
Se genera una problemática similar en las áreas
agrícolas próximas a los espacios urbanos, cuyas
consecuencias se reflejan en nuestra comarca en estudio:
A) El medio rural como reserva de suelo en espera de su
urbanización. Las expropiaciones se suceden y, relacionado
con ellas, documentos de planificación que, a pesar de
que a menudo no se concretan en una ocupación física
del espacio, afectan de manera decisiva a aquellas explotaciones
instaladas en esa área, provocando desánimo, inestabilidad,
falta de renovación de las instalaciones productivas
y marginalización de la actividad, que se abandona finalmente
con el cambio generacional.
B) La inexistencia de iniciativas de desarrollo agrícola
fundamentadas en el elemento tierra. El alto precio del suelo
imposibilita poner en marcha políticas de desarrollo y
de mejora en el sector que permitan retirar suelo del mercado
especulativo. Como consecuencia, en la medida en que se obstaculiza
el acceso a la tierra se dificulta incorporar población
activa. Asimismo, genera una pérdida progresiva de empleo
resultado de la reducción continua del espacio agrícola.
En general, se produce una restricción de las posibilidades
de desarrollo de la explotación al limitarle la base territorial.
C) Las modalidades de arrendamiento agrario mayoritarias no
benefician al ganadero. Ni se venden ni se arriendan terrenos
a precios agrícolas y son los acuerdos orales, sin ninguna
garantía jurídica ni temporal, los que predominan.
En Donostialdea-Bidasoa, la única posibilidad de ampliación
de la base territorial de la explotación es a cuenta de
contratos en precario que no ofrecen garantías suficientes
a aquel que fundamenta su actividad en la utilización de
estas tierras, y que limitan su aprovechamiento a un uso (hierba
para forraje) alejado de sus posibilidades agrológicas.
D) Extensificación generalizada de usos. En las
zonas urbanas el elevado precio del suelo y las perspectivas de
recalificación urbanística creadas tiene como consecuencia
que la extensificación sea generalizada. Muchos agricultores
mantienen parcelas en barbecho o con aprovechamientos extensivos,
a la espera de su venta a precios urbanos. En la comarca observamos
cómo aquel agricultor que va reduciendo su carga ganadera
no quiere contraer compromisos con terceros, ni siquiera verbales,
y tan sólo cuando el terreno comienza a perder sus posibilidades
agrícolas cede su uso. Así, salvo excepciones, el
aprovechamiento es claramente extensivo, muy alejado de sus posibilidades
agrológicas, tanto en la montaña como en el valle.
Si la incidencia de la ciudad sobre el precio del suelo agrícola
es un elemento destacado, la oferta laboral de la ciudad es
otro de los razonamientos principales que explican el abandono
de la actividad agroganadera de estas zonas. El trabajo agrícola
difícilmente puede compararse con otro que aporta tiempo
libre, que no requiere tanto esfuerzo físico y que no supone
inversión económica previa. El modelo productivo
impulsado en el caserío vasco, además, no aporta
unos beneficios propios de una actividad empresarial que asume
riesgos, sino más bien el sueldo de un trabajador medio.
La ciudad es una fuente laboral y el habitante del medio rural
próximo accede a ella con facilidad. Las opciones que tiene
son más variadas que las de aquel que habita en áreas
más alejadas y ante éstas opta por las que mayores
ventajas le aporta. Observamos cómo en Donostialdea-Bidasoa
no hay un abandono del caserío sino la pérdida de
una de sus funciones, la agroganadera.
En esta investigación llegamos a la conclusión
de que si el modelo de desarrollo económico imperante limita
las posibilidades de continuidad a un pequeño grupo de
explotaciones, reducción mayor aún en zonas que
cuentan con dificultades físicas o territoriales, la proximidad
a la ciudad también impulsa el proceso de abandono, llegando
a liquidar la agricultura desarrollada en estos espacios. En la
comarca en estudio confluyen todas estas características
que, interrelacionadas y en una coincidencia temporal, generan
la práctica eliminación de su función agrícola.
3.-Escenario de futuro: una comarca sin agricultores
La pérdida progresiva de activos y explotaciones, junto
a su coincidencia con las situaciones que ya se están observando
en otros ámbitos agrícolas, permite aventurar un
nuevo escenario del sector agroganadero de la comarca.
Se va a producir una importante merma del suelo agrícola.
Aunque todavía es considerable el suelo que se mantiene
como rural, el agrícola utilizable y, especialmente los
suelos mecanizables en alturas inferiores a 100 metros que escapan
del proceso de urbanización no son tantos. Todo indica
que serán los barrios más alejados y las tierras
más altas y con peores condiciones agrológicas las
que van a mantener su carácter rural, mientras el resto
quedará a merced de la ejecución de estos planes.
El número de agricultores se reducirá significativamente,
organizándose en dos tipologías distintas: profesionalización
y agricultura de ocio. Por un lado, tendremos a aquellos que
optan por continuar con la actividad, a la que se dedicarán
a jornada completa. En una estrategia claramente productivista,
muchos de ellos recurrirán al empleo de mano de obra asalariada
que sustituirá progresivamente a la ayuda familiar.
Alejadas de todo objetivo económico, un buen número
de explotaciones mantendrá pequeños rebaños
de ovejas, un reducido número de cabezas de bovino o equino,
un pequeño manzanal o algo de huerta al aire libre. Este
parece que va a constituir el grupo más numeroso, la base
de la agricultura de la comarca, aunque previsiblemente, a largo
plazo, tenderá también a perder unidades.
El suelo utilizable da paso al matorral y al bosque atlántico.
El suelo agrícola se irá abandonando progresivamente
a medida que una actividad ya extensiva vaya reduciéndose
y desapareciendo. Esta situación se dará de manera
generalizada en aquel terreno no mecanizable pero también
parece que se va a extender a aquel que puede ser objeto de uso
con maquinaria agrícola, especialmente en aquellas zonas
en las que no haya explotaciones ganaderas de dedicación
exclusiva que demanden suelo. El aprovechamiento agrícola,
sin embargo, no va a cambiar.

El uso que sustituirá al pasto y a la pradera no va a
ser el que en otro momento cumplió esa función,
la plantación forestal. Las coníferas han reducido
un 30% la superficie que ocupaban hace apenas diez años
y la dinámica actual no indica cambios en esta tendencia.
Tampoco la repoblación con frondosas es la alternativa
elegida por la iniciativa privada. Actualmente, observamos cómo
el bosque, tras la tala, se desatiende, iniciándose un
proceso de regeneración natural. Varias razones explican
este abandono pero una parece ser la principal, coincidente con
la que observábamos en el espacio agrícola, la falta
de mano de obra. Con el agricultor también desaparece el
silvicultor.
Tampoco parece que las iniciativas públicas puedan cambiar
la tendencia observada en el aprovechamiento del suelo agrícola.
Estas políticas no tienen en cuenta aspectos tan trascendentales
como la falta de mano de obra para trabajar estas tierras o la
propiedad de un suelo enormemente parcelado que impide poner en
marcha acciones que permitan su aprovechamiento, intensivo o extensivo.
Estas iniciativas, que en zonas dominadas por explotaciones con
mayor base territorial o en áreas con menor presión
urbana pueden ser y son condicionantes, no lo serán en
una comarca en la que el valor del suelo no depende de sus posibilidades
agrológicas y el agricultor no es propietario más
que de una parte de la superficie que utiliza y, por lo tanto,
no puede decidir sobre toda ella.
El caserío actual, que combina residencia y explotación
agroganadera, desaparecerá. La razón inmediata
hemos de buscarla en la apatía por la actividad que demuestra
el relevo generacional. Sin embargo, el cambio va ir mucho más
allá de una mayor o menor actividad. La desaparición
del mayorazgo está provocando la partición de la
heredad, situación que en los próximos años
se generalizará. El caserío ha llegado relativamente
íntegro hasta nosotros pero ahora, una vez reconocida la
igualdad de todos los hijos y una vez perdida su función
productiva, se subdividirá en pequeñas parcelas
con propietarios distintos. A partir de este momento, se reducen
las posibilidades de constituir una unidad agroganadera. Del caserío-explotación
pasamos al caserío-residencia, función que se va
a multiplicar puesto que la división de la heredad que
ahora realiza la familia persigue normalmente justificar la construcción
de vivienda aislada.

El escenario final nos plantea una comarca sin apenas agricultores,
en la que esta actividad tiene su finalización cercana.
Pocas son las zonas que van a mantener un carácter rural,
con un dominio de los aprovechamientos agroganaderos, y las que
lo van a hacer se van a convertir en la periferia de los nuevos
usos urbanos, situación que también condicionará
su desarrollo.
Juan Cruz Alberdi
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