Urkiri Salaberria / Doctora por la EHU-UPV. Especialista en Patrimonio Cultural Inmaterial

Urkiri SalaberriaCuriosidad e imaginación

¿Podemos considerar la curiosidad y la imaginación como características innatas en el ser humano?

La infancia era la etapa que podía  distinguirse por ser la más fértil en este campo.

Con el paso por la adolescencia y llegada a la madurez parece que, si no se cultiva de una manera correcta o si el entorno no es favorable, la curiosidad y la imaginación desaparecen en el mundo adulto. De hecho, desde hace años proliferan los cursos de creatividad donde un entrenador nos enseña a afrontar cuestiones con imaginación. Estos cursos se están extendiendo también al mundo infantil.

¿Es una cuestión de las nuevas herramientas tecnológicas o quizá… hay un problema de fondo mucho más grave? ¿Es un avance o un retroceso la utilización de unas herramientas que nos hacen la vida más fácil? ¿Estamos los humanos preparados para dominar a la tecnología o nos está ella sobrepasando?

Formo parte de la generación que ha visto llegar las TICs a nuestras vidas e instalarse en ellas.

Nací en fase analógica y di a luz en fase digital.

Fuimos  niños que conocimos la Televisión en blanco y negro, el teléfono con rueda y los discos de vinilo.  Nuestra mayor ilusión era que nos regalasen cuentos, cuadernos y lápices y rotuladores de colores, cientos de colores que pacientemente ordenábamos y cuidábamos como un tesoro. No existía el miedo a la hoja en blanco, lo mejor que podía pasarnos en clase era que nos dieran permiso para “un dibujo libre”. Hacíamos caligrafía hasta sacar callo en el dedo anular y los castigos de comportamiento o corrección de cualquier fallo consistía en  repetir cien, trescientas y hasta quinientas veces la frase enmendadora.

Para buscar información sobre las cosas que teníamos que estudiar o nos llamaban la atención teníamos las bibliotecas, las de casa, las de la escuela, las del pueblo… donde además de diccionarios y enciclopedias había monográficos de muchísimos temas, libros maravillosos que hoy encuentro de saldo en los mercados de segunda y tercera mano. (¡Cómo me duele encontrar el sello de las bibliotecas de los colegios en los libros de expurgo!, pero… ¡qué gusto me da llevarme joyitas a casa por un euro!) Los amantes de la lectura aprendíamos enseguida a distinguir las buenas publicaciones. Éramos curiosos y a base de aburrirnos desarrollamos la imaginación que nos ha llevado a crear el mundo en el que hoy vivimos.

Hace poco leí que Garnier, arquitecto del edificio de la Ópera de Paris, no creía en la calidad de la fotografía como herramienta de explicación visual y seguía presentando sus proyectos exclusivamente con dibujos, porque la fotografía, según él, solamente podía informar de la capa externa de las cosas sin discriminar las partes verdaderamente importantes.

Al leerlo me sentí identificada con la sensación que me da cuando mis hijos buscan información en internet. Siempre les advierto del peligro de la “infoxicación” y que no existen criterios de filtrado en lo que podemos encontrar navegando en “la gran red”.  Les inundo de libros sobre el tema y siempre me protestan. Sigo creyendo que la información ha de pasar un filtro editorial, que aprendí a distinguir cuando apenas tenía la edad que tienen ellos.

Está claro que leer libros cuesta más esfuerzo mental y físico que ver películas y vídeos explicativos, pero también tengo claro que un buen documental audiovisual puede abrirnos la mente en apenas unos minutos a explicaciones que de modo literario hubiéramos tardado quizá años en comprender.

La cuestión es que no sé si el cerebro sin su “gimnasia mental” puede dar el salto imaginativo y creativo que, por ejemplo, dieron Leonardo da Vinci, Jules Verne o el mismo Albert Einstein. Siempre me pregunto qué hubieran hecho cualquiera de estos tres personajes si hubieran tenido y utilizado las herramientas tecnológicas de los niños y las niñas de nuestra sociedad actual.

Entre otras cosas, suelo dar clases de expresión artística para adultos pero también para público infantil. Es el mejor modo de mantener contacto con el mundo real.

Con los adultos encuentro que desde que apareció Youtube con sus tutoriales de arte, perfectamente editados, acuden a clase personas que se plantean hacer un cuadro al óleo, ¡en veinte minutos! Les animo a que lo intenten. En cuanto les explico la necesidad de un mínimo de esfuerzo y curiosidad, paciencia y tiempo e incluso conocimientos previos de color y dibujo, alguna vena artística decae, pero los que perseveran se dan cuenta de que a través de la (re)activación de las destrezas finas se (re)activan zonas del cerebro destinadas a desarrollar destrezas como la atención y la concentración, que preceden la creatividad y la imaginación.

Con los niños tengo que luchar porque utilicen herramientas que “manchan”. Es terrible el miedo a mancharse que traen los niños y niñas de hoy en día. Su ilusión es que les regalen una tablet o un móvil, porque la Wii y la Nintendo ya están en casi todos los hogares. Otra cuestión es la poca capacidad de “frustración” que muestran algunos cuando las cosas no salen a la primera, porque no hay un software que mejore y corrija automáticamente la actividad que queramos desarrollar, o bien que la “autocomplacencia”  que muestran algunos cuando, hagan lo que hagan, les parece que es exactamente lo que querían hacer, aunque no responda a la propuesta inicial responden con un “yo lo hago así y punto”. También hay otros que se quedan ojipláticos y boquiabiertos cuando descubren que hay sustancias que pintan y se adaptan al chapoteo de los dedos, elementos que a base de acumulación crean formas y objetos…

Me intriga saber cómo el cerebro se va a adaptar a las nuevas tecnologías, no olvidemos que “teknos” en griego designa al Arte.

Me gusta ver cómo mis hijos desarrollan la creatividad e imaginación cuando les llevo cuatro horas al monte, sin ordenadores, sin teléfonos, sin aparatos que necesitan de la electricidad… solo ellos, tiempo, lápices, cuaderno y un entorno natural.

Pero sobre todo me gustará saber cómo serán los juegos de mis nietos, cuando su amatxi (es decir yo) les obligue a “aburrirse” con libros, colores y cuadernos y muuucho tiempo… sin los nuevos aparatos tecnológicos que veré nacer y que sustituirán a la tablet y la televisión.

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