Gurutz Jáuregui / Catedrático de Derecho Constitucional

Gurutz JáureguiConstituye un lugar común afirmar que un país que no investiga en ciencia y tecnología es un país poco competitivo. La investigación e innovación tecnológicas han devenido en una de las grandes obsesiones de las sociedades modernas. Así lo demuestra la extraordinaria eclosión de iniciativas surgidas en los últimos años en orden a potenciar nuestro desarrollo científico y tecnológico. Resulta incuestionable la necesidad de tales medidas. Ahora bien, a nada que profundicemos en el contenido de esas iniciativas observamos que, cuando hablan del desarrollo de la ciencia, se refieren de modo preferente, y a veces exclusivo, a unas parcelas concretas de la ciencia como son las ciencias experimentales o puras, con olvido evidente de las ciencias sociales y humanidades.

Este olvido -incluso, a veces, desprecio- no es algo peculiar de nuestro país, sino que resulta generalizable a escala universal. Constituye el reflejo de una filosofía erróneamente pragmatista que tiende a considerar como perfectamente inútil cualquier investigación que no tenga reflejo directo -y a ser posible inmediato- en nuestras vidas. A la vista de esta situación ¿tiene realmente sentido, en la era de la revolución tecnológica, potenciar el desarrollo de las ciencias sociales y humanas? Creo que es ésta una pregunta muy pertinente en el momento actual.

Suscribo totalmente la afirmación de que un país que no investiga en ciencia y tecnología es un país poco competitivo. Esto es realmente cierto. Pero quizás se olvida con facilidad que un país que no investiga en ciencias humanas y sociales es todavía algo peor: es un país enfermo. Y esto es algo sobre lo que, desgraciadamente, no se insiste tanto. Habitualmente no solo en Euskadi sino en el mundo en general, se ha tendido a considerar como ciencia auténtica solo la basada en datos empíricos perfectamente demostrables. De ese modo, las ciencias sociales o humanas que, por su propia naturaleza son valorativas o interpretativas han sido objeto de una clara minusvaloración, cuando no de desprecio como ya he señalado, frente a las disciplinas más técnicas o experimentales.

No podemos permitirnos el lujo de seguir considerando a las ciencias sociales y humanas como la hermana pobre de la investigación. Y no podemos hacerlo por razones obvias. Basta una simple mirada, tanto a la historia de la humanidad como al mundo actual, para comprobar que han sido y siguen siendo muchas más las desgracias, las catástrofes y el sufrimiento provocado por la acción del ser humano (hambre, guerras, cárceles, exilios, crisis económicas, desplazamientos de población, etc.) que el provocado por causas naturales (enfermedades, terremotos, inundaciones, etc.). Como acertadamente señalaba uno de los fundadores del Club de Roma, Aurelio Peccei, el hecho de que nuestro conocimiento y comprensión de los fenómenos y leyes del sistema natural hayan progresado mucho más rápidamente que nuestra perspicacia en la esfera de los asuntos humanos y sociales en general, indica que una grave distorsión cultural afecta a nuestra orgullosa civilización.

Se insiste y con razón, en los enormes avances de la ciencia en temas como la investigación genética, médica o física, y la gente queda justamente admirada ante cada nuevo descubrimiento. Pero no somos conscientes de la importancia de otros descubrimientos tanto en el ámbito de las ciencias sociales (la idea de la paz, el estado de derecho, la democracia, los derechos fundamentales, el principio de división de poderes, etc.) o en los ámbitos de la música, la literatura, las artes, etc.

Por ello hay que otorgar a las ciencias sociales y las humanidades el lugar que les corresponde. Y ello resulta tanto más necesario en los momentos actuales, por varios motivos. Determinados descubrimientos científicos y, sobre todo, la utilización tecnológica de los mismos son susceptibles de provocar cada vez más riesgos. En un momento en el que disponemos de armas, artefactos o medios de destrucción masiva, resulta imprescindible crear o potenciar fórmulas o mecanismos de contrapeso los cuales deben ser aportados por las ciencias sociales y las humanidades. A mayor influencia de la ciencia sobre la sociedad, mayor debiera ser la necesidad de que la sociedad intervenga en la ciencia. La diferencia sustancial entre la investigación social o humanística y las otras actividades científicas no radica en el nivel de especialización que una y otras requieren, sino en los efectos y consecuencias que producen para el conjunto de los ciudadanos. A modo de ejemplo, resulta absurdo que los juristas o los politólogos discutan y decidan sobre los elementos relativos a la fusión del átomo, pero es imprescindible que aporten sus conocimientos para la adopción de una determinada política energética derivada de las investigaciones sobre el átomo que puede afectar de modo directo a la salud y el bienestar de los ciudadanos.

Desgraciadamente estamos todavía muy lejos de otorgar a esta cuestión la importancia que se merece. Aspectos absolutamente nucleares de la vida humana actual tales como la paz, la seguridad mundial, el bienestar de los ciudadanos, etc. los seguimos considerando como temas no merecedores de reflexión científica y seguimos percibiéndolos en términos morales, humanitarios, como un mero desiderátum no merecedor de nuestra atención científica. Como es obvio, debemos de seguir avanzando en el descubrimiento de nuevos datos o nuevos conocimientos. Pero, en el momento actual, tanto o más imprescindible que los descubrimientos en sí mismos resulta el determinar la legitimidad, la conveniencia, las consecuencias o los límites de la utilización de esos descubrimientos.

No se trata de resucitar aquí el ya viejo debate sobre las “dos culturas”. Creo sinceramente que ese debate resulta totalmente obsoleto y fuera de lugar en el momento actual. Ambas culturas -pero ambas, no sólo una o la otra- son imprescindibles para lograr una verdadera Cultura, que no es otra cosa que el conjunto de aportaciones, descubrimientos, realizaciones o creaciones que son producto de la actividad racional del ser humano tanto a nivel individual como social. En el mundo actual, el saber humanístico y el saber científico se necesitan uno al otro. Se hace imprescindible desterrar, de una vez por todas, el tradicional enfrentamiento entre “ciencias” y “letras”, pues cada vez se hace más complicado separar ambos campos del conocimiento.

A una sociedad compleja como la nuestra le corresponde un pensamiento y una ciencia asimismo complejos. Estamos asistiendo a una fragmentación cada vez mayor de los saberes. Para manejar la enorme cantidad de conocimiento de que disponemos hoy en día hemos tendido a dividirlo en parcelas especializadas que, si bien resultan útiles para estudiar cada materia en términos teóricos, imposibilitan el correcto uso del saber y lo hacen a veces completamente inútil. Los avances científicos han alcanzado cotas inimaginables, pero cada vez tenemos menor capacidad para mantener una comprensión global del mundo. Dicho de otro modo, contamos cada vez con más “expertos” pero, al mismo tiempo, con menos “sabios”. Los problemas a los que se enfrenta el ser humano, las situaciones que se le plantean, requieren respuestas completas para las que se hace necesario un saber unificado.

A los antiguos griegos les resultaba inimaginable separar la filosofía de la medicina o de la física. Para ellos, el saber tenía una utilidad, era la manera de dar una explicación a todo aquello que ocurre en el mundo. Nosotros hemos perdido esa noción de utilidad del saber. Si la física nos ayuda a comprender las leyes que rigen el mundo, y la historia, la literatura y el arte nos ayudan a comprender los valores que configuran nuestra sociedad, ¿por qué hemos de separarlas?, y más aún, ¿por qué llegamos incluso a enfrentarlas y a presentarlas como disciplinas opuestas? ¿De qué sirven la comprensión y el conocimiento de las leyes naturales si desconocemos o ignoramos los valores humanos? Y viceversa ¿Cómo es posible desarrollar una sociedad más justa, en definitiva, más humana, si no avanzamos en el descubrimiento y compresión de los enigmas científicos?

Como ya he señalado, el divorcio actual entre la cultura humanística y la científica no constituye un fenómeno reciente sino que hunde sus raíces en el desarrollo de la propia sociedad moderna. No resulta por ello nada fácil superar esa dicotomía. Tengo un conocimiento escaso de los asuntos relacionados con los modelos, y contenidos educativos, pero considero, no obstante, que nos encontramos en un momento y unas circunstancias  propicias para allanar muchas de las dificultades que impiden considerar a la Ciencia como un conjunto unificado de saberes. Me refiero a las profundas consecuencias derivadas de la revolución tecnológica en el ámbito de la comunicación. Internet está transformando de forma radical la forma en que las personas tenemos acceso a la información y el conocimiento, la forma en que interactuamos y ello está provocando un impacto extraordinario en la forma y el contenido de lo que hemos entendido hasta ahora la educación.

Con el título de Repensar la educación: ¿Hacia un bien común mundial? la Unesco ha presentado recientemente un documento en el que establece los objetivos para la educación hasta 2030.  En ese documento la Unesco  considera urgente replantear el propósito de la educación y del aprendizaje a la vista del impacto provocado por Internet en nuestra forma de comunicarnos. Ese impacto requiere que se potencien las competencias y no los conocimientos. La transformación sin precedentes que está generando internet en un mundo cambiante, hace que sea urgente replantear a fondo el propósito, los medios y sobre todo, los objetivos, de la educación y del aprendizaje. Sin negar la importancia de los conocimientos, el sistema educativo debe proporcionar con un enfoque sistémico, un conjunto de actuaciones e instrumentos integrales que sirvan para resolver los problemas que se nos plantean en el marco de un proyecto ético de vida.

Según la Unesco, este replanteamiento se ha de hacer “desde una visión holística que supere las dicotomías tradicionales entre aspectos cognitivos, emocionales y éticos”, centrada en competencias, en lugar de en los conocimientos disciplinarios. El coordinador del documento y miembro del Programa de Investigación y Prospectiva Educativa de la Unesco, Sobhi Tawil, destaca la importancia de “aprender, desaprender y reaprender”, que continúa más allá de la educación formal y los sistemas de formación. “Es igualmente importante -afirma- que reconozcamos la necesidad de un enfoque holístico que reconozca la estrecha interdependencia entre bienestar físico e intelectual, así como la interconexión entre cerebro emocional y cognitivo, cerebro analítico y creativo”.

Un pensamiento en “Gurutz Jáuregui / Catedrático de Derecho Constitucional

  1. Arantxa Ugartetxea Arrieta

    No he podido menos de recordar a Paulo Freire mientras leía este texto. Sigue vigente y más que nunca la dedicatoria del autor en su libro “Pedagogía del oprimido” A LOS DESARRAPADOS DEL MUNDO Y A QUIENES, DESCUBRIÉNDOSE EN ELLOS, CON ELLOS SUFREN Y CON ELLOS LUCHAN. La educación “bancaria” que tan bien describió y contra la que luchó el profesor brasileño todavía sigue en pie. No hemos terminado de creernos que nada es neutral y menos la educación, no asumimos las responsabilidades humanas innatas a los conocimientos que decimos tener, vivimos una esquizofrenia intelectual manifiesta y todo esto hace que sigamos considerando de manera a veces consciente y otras no tanto la educación como un espacio de poder, cuando en realidad debería ser un espacio de servicios reales, de respuestas a la sabiduría humana y no tanto de expertos sabelotodo desligados de la muy frágil y convaleciente condición humana. Muito obrigada profesor!!!!!!!!

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