Juan Luis de León Azcárate / Profesor Titular de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto

Juan Luis de León Azcárate Relaciones entre Teología (o Religión) y Ciencia

La Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza me ha invitado amablemente a reflexionar sobre la pregunta del título de este artículo.  Agradecido, intentaré responder lo mejor que pueda. Vaya por delante que la pregunta me parece compleja y difícil de responder, al menos para mí, sobre todo porque no soy propiamente un experto en “modelos educativos”. Intentaré hacer una modesta reflexión al respecto desde el ámbito académico que me compete, que es la Teología. De ahí que yo mismo haya añadido a la pregunta el subtítulo de “Relaciones entre Teología (o Religión) y Ciencia”.

Que debiera haber una buena relación entre las humanidades y la ciencia que tuviera su reflejo en un modelo educativo abierto e integrador, nadie debiera dudarlo a estas alturas. La cosa se complica cuando, dentro del apartado de humanidades, incluimos a la religión o, para decirlo más claramente, a las religiones. Más todavía si hablamos de “educación religiosa” confesional en la escuela. Pero no es esta última cuestión sobre la que se me pregunta, de modo que no entraré en ella. Sí lo haré en relación a la cuestión de la religión/religiones como parte integrante de eso que llamamos “humanidades” y su relación con la ciencia.

Lo haré centrándome en dos puntos. En el primero intentaré responder a la gran pregunta de si son o no compatibles la religión y la ciencia. Si la respuesta fuera negativa (esto es, no son compatibles), es obvio que la religión debiera quedar fuera del debate sobre cómo conjugar en un modelo educativo las humanidades y la ciencia, pero si la respuesta es positiva (y es la opción que aquí defenderé), la religión debiera formar parte de ese debate. Esto me lleva al segundo punto, el cual pretendo sea concreto y práctico. Me fijaré en un caso concreto en el que el diálogo religión/religiones y ciencia, particularmente las ciencias de la salud, cobra actualidad y puede ser muy provechoso y necesario. Me refiero a las sinergias entre las religiones y las ciencias de la salud en todo lo referente al proceso del morir y al modo en que estas sinergias puedan tener un refrendo en el sistema educativo.

¿Son incompatibles la religión y la ciencia?

Nadie discute que la religión (o religiones, en plural) forma parte del acervo cultural de la humanidad. Al margen de la confesionalidad o falta de ella que se profese, es indiscutible que no se puede comprender la historia, la literatura, la filosofía, la cultura, el arte y otras manifestaciones intelectuales de la humanidad sin atender a la impronta que en ellas dejó y sigue dejando la religión. Esto por sí sólo ya es motivo más que suficiente para justificar la inclusión de la cultura religiosa dentro de lo que llamamos humanidades. Pero si las relaciones de la religión con las mencionadas ramas del saber, y otras, han sido fructíferas históricamente, diríase que las relaciones de aquélla con las ciencias empíricas y tecnológicas no lo han sido tanto, al menos no siempre.

Es manifiesto que vivimos una época en que la ciencia, y en particular la física moderna y la biología, se han convertido para la mayoría de la sociedad en el paradigma del conocimiento, y hasta de la realidad, de modo que se interpreta que no existe nada más allá fuera de lo que sea empíricamente verificable. Así, por ejemplo, desde este planteamiento reduccionista, Dios no existe. Y de un plumazo se concluye, aunque muchas veces no se diga, que las creencias de miles de millones de seres humanos, me atrevería a decir que de más de la mitad de la población mundial, no son más que pobres ensoñaciones precientíficas que debieran ser superadas o erradicadas.

Pero, ¿realmente la ciencia y la religión son incompatibles? Quien acepta una, ¿necesariamente debe rechazar la otra? No debiera ser así, pero esta vieja polémica se reproduce siempre que hay lo que podría denominarse una “invasión del campo ajeno”. Esta invasión de campo significa que en ocasiones la ciencia (generalmente a través de notorios científicos que gozan de gran predicamento en los medios de comunicación social) y en otras la religión (particularmente a través de algún representante de instituciones o confesiones religiosas), si es que no simultáneamente, extralimitan sus propias competencias e interfieren en el campo de conocimiento o de sentido de la otra. Con otras palabras, traspasan las fronteras de los límites de sus respectivos campos de conocimiento.

Hay que reconocer que durante cierto tiempo, en el entorno occidental, la invasión del campo ajeno la protagonizó la Iglesia (particularmente la católica, pero no únicamente) al interpretar que ciertos descubrimientos científicos contradecían la literalidad de las Sagradas Escrituras, por lo que no podían ser ciertos. Si la Biblia es Palabra de Dios, casi a modo de dictado como se interpretó en un tiempo, y Dios no engaña al hombre, la Iglesia no entendía que fuera la tierra la que girase alrededor del sol, contraviniendo el texto de Josué 10,13 (polémica con Galileo), ni que el ser humano proviniese de otros seres vivos cuando el primer capítulo del Génesis da a entender la creación directa y separada del hombre por parte de Dios (polémica con Darwin). Partiendo de una interpretación literalista, casi fundamentalista, pero común a la época, del texto bíblico, la Iglesia invadió el campo de la ciencia. La superación, con la ayuda del método histórico-crítico, de esta interpretación bíblica por parte de los teólogos y de la propia Iglesia facilitó una nueva comprensión de la Biblia, como libro religioso pero no científico, y el respeto a la independencia del método científico.

Más recientemente, la teoría del Diseño Inteligente que en los últimos años ha suscitado bastantes debates, no es más que en el fondo una versión del creacionismo fundamentalista adornado de argumentos pseudocientíficos. Obviamente, se trata de un falso maridaje entre ciencia y religión que lo único que consigue, en última instancia, es provocar el rechazo hacia todo lo que suponga religión. Ni es buena ciencia ni es buena teología.

Pero la invasión del campo ajeno también se produce cuando la ciencia invade el campo propio de la teología (y podría añadirse de la filosofía). No pocos científicos invaden un ámbito que es ajeno a las ciencias empíricas al pretender responder desde éstas a las grandes preguntas existenciales y de sentido que se ha hecho siempre el ser humano y que seguirá haciéndose, entre ellas la de la existencia de Dios. Las grandes cuestiones existenciales sobre el sentido de la vida y los auténticos valores humanizadores escapan al ámbito de las ciencias empíricas y son más propias de la filosofía y de la teología (si bien no exclusivamente de éstas). El método científico de la física o de la biología, por su propia naturaleza, debe ser, en cuanto a la cuestión religiosa, agnóstico (otros, para decir lo mismo, hablan de “metodología naturalista”), es decir, debe reconocer que la pregunta por la existencia de Dios o por el sentido del universo (entre otras) no es competencia suya, como tampoco lo son la física y la biología para los teólogos y filósofos, lo que no significa que unos y otros no puedan (y deban) enriquecerse gracias a las aportaciones de las otras disciplinas.

Debiera quedar claro que la verdad científica no puede ser negada por la creencia religiosa y que la creencia religiosa no es asunto de la ciencia, al menos mientras no interfiera con ella. El teólogo y filósofo deberán respetar y aceptar lo que las ciencias empíricas expliquen de manera demostrativa, pero aquellos científicos que hablen de Dios o sobre cuestiones de sentido deberán reconocer que están dando su opinión personal, más o menos razonadamente, pero no demostrando científicamente nada. Presentar, en este caso, una opinión personal como si fuera una verdad científica es un craso error y una invasión del campo de otras disciplinas.

Un creyente, particularmente de cualquiera de las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam), no debiera ver en la ciencia ninguna amenaza contra sus creencias religiosas, sino más bien una ayuda para una mejor comprensión de la realidad que considera creada por la divinidad. Más aún, una buena teología y una buena filosofía que intenten explicar el sentido de la realidad y del universo siempre necesitarán de la ayuda de la ciencia para evitar interpretaciones simplistas cuando no fundamentalistas. Lo que digan la filosofía y la teología nunca deberá contradecir lo que demuestre la ciencia. En el siglo XVI, el cardenal Baronio lo dijo con una frase que luego utilizaría Galileo: “La Biblia fue escrita para mostrarnos cómo llegar al cielo, no cómo es el cielo”.

Por su parte, el científico deberá ver con respeto, aunque no la comparta, la búsqueda de sentido que el creyente encuentra en la figura de Dios o en la cosmovisión que tenga de la realidad, sobre todo cuando la imagen divina es interpretada en clave liberadora y humanizadora. El científico debe comprender que el ser humano es buscador de sentido. Por tanto, la filosofía y la teología se hacen preguntas distintas a las de la ciencia, pero no incompatibles entre sí. A fin de cuentas, el científico, como sujeto personal, también puede ser un buscador de sentido. En esta línea, cabe apuntar las declaraciones de la estadounidense National Academy of Science: “La religión y la ciencia responden a preguntas diferentes sobre el mundo. Que el universo tenga un objetivo o lo tenga la existencia humana no son preguntas para la ciencia… En consecuencia, muchas personas, y entre ellas muchos científicos, mantienen fuertes creencias religiosas y al mismo tiempo aceptan el hecho de la evolución”. Por tanto, la religión no debe ser enemiga de la ciencia. Ambas pueden coexistir, porque no pueden contradecirse, si respetan las competencias propias del respectivo ámbito de reflexión y el método propio.

Estas reflexiones y consideraciones básicas son suficientes para mostrar que la religión y la ciencia no son incompatibles entre sí, de modo que la cultura religiosa también pueda formar parte de las humanidades y, por ende, del debate que se suscite en orden a buscar un modelo educativo que integre a ambas.

Vayamos a un caso concreto en el que la religión y la ciencia puedan confluir constructivamente y tener un reflejo en el modelo educativo.

Religión, ciencias de la salud y educación para el bien morir

Hay un aspecto de interés cada más creciente tanto en el ámbito académico como en el sanitario que exige una respuesta por parte de la sociedad y en el que la educación podría tener un papel protagonista, aunque en este ámbito todavía falta mucho por explorar. Se trata de la cuestión relativa al proceso de la muerte o del morir. En este punto, las humanidades (aquí me centraré en la religión), las ciencias de la salud y la educación pueden converger de una manera muy constructiva.

Parece obvio que nuestra sociedad esconde la muerte natural en hospitales, relega el duelo fuera del ámbito de la comunidad (salvo en el caso de desastres comunitarios o el fallecimiento de determinadas personalidades) y evade los debates sobre la muerte. Los óbitos de la gran mayoría de los ciudadanos pertenecen al ámbito de lo privado. La muerte queda recluida en aquellos espacios públicos donde por intermediación médica puede ser “tratada”, abandona el ámbito de lo colectivo y queda recluida en el ámbito privado. El individuo deberá enfrentarse solo a su propia muerte biológica, y, en muchos casos, falto de un referente simbólico dador de sentido. Podría decirse que estamos ante un fenómeno de “muerte escondida”, oculta a la vista, en la distancia. Pero este abandono del espacio público, unido a la desimbolización y desritualización, transforma a la muerte en una amenaza intensa y constante para el sujeto individual, que se siente así más desprotegido ante ella. Y en muchas ocasiones los profesionales de la salud no saben cómo afrontar los aspectos relativos al proceso del morir y la muerte que superan los conocimientos técnico-sanitarios aprendidos en las Facultades de Medicina.

Esta  privatización de la muerte, que en muchos casos deja al individuo solo a la hora de enfrentarse a ella, nos lleva a plantearnos la conveniencia de una educación para la muerte que permita a los sujetos y a la sociedad en general asumir de otra manera el proceso del morir y las consecuencias de la muerte.

La universalidad de los rituales concernientes a la muerte demuestra que los seres humanos tienen una necesidad permanente de desarrollar comportamientos y símbolos que ayuden a comprender el significado de la muerte o al menos a afrontarla. En la modernidad tardía, propicia a la desimbolización, parece que es necesario dotar al rito social de un significado personal que quizá los viejos ritualismos y simbolismos no facilitaban siempre. El problema está en cómo encontrar esas formas a través de las cuales dar un significado social compartido a la experiencia personal. Así, el desafío de un acercamiento intercultural a la muerte y al morir no es tanto encontrar un modelo común al cual cada uno suscribirse, cuanto descubrir aquellos elementos y recursos de la propia tradición cultural, religiosa o existencial que afirmen nuestra humanidad común.

En una sociedad como la nuestra, cuya ciudadanía, aunque muy secularizada y poco practicante, conserva creencias y costumbres religiosas que en algunos casos se recuperan en la fase final de la vida (sea por convicción, por temor o por un “por si acaso”…), y cada vez más integrada por inmigrantes de distintas culturas y religiones que no han renunciado a sus creencias, no tiene sentido obviar el factor cultural y religioso si se quiere prestar una atención integral a los ciudadanos especialmente durante la fase final de sus vidas. Sería deseable alcanzar una visión transcultural o intercultural de la muerte que sea holística, integradora de los valores más positivos de las distintas visiones culturales de la muerte, pero no necesariamente identificada con ninguna en particular, y siempre respetuosa con la dignidad de la persona. Una educación intercultural para la muerte que enfatizara los valores humanizadores que unen y no las diferencias que pudieran hacer ver sospechosamente al “otro”, al distinto, ayudaría a las personas a afrontar de otra manera la muerte, quizá con menos temores y un mayor acompañamiento social.

Propongo a continuación, a modo de pinceladas a vuela pluma que requieren un trazo más fino y preciso, una serie de rasgos básicos que debieran acompañar a una educación para la muerte en clave intercultural y que permita una estrecha colaboración con las ciencias de la salud:

a) La educación para la muerte, desde el respeto a la dignidad de la persona humana y en clave intercultural, debiera propiciarse en la formación no sólo de los profesionales de la salud, sino también de los escolares. ¿No sería posible incluir en el diseño curricular de las asignaturas de Secundaria y Bachillerato más propicias (áreas de ciencias biológicas y humanas) el tratamiento de la muerte, de igual modo que se estudia el resto de aspectos de la vida?

b) Todos los implicados en este proceso educativo (educandos y educadores) debieran mostrar una mente abierta y dispuesta al aprendizaje, a la adquisición de hábitos y valores saludables para la vida y para el proceso del morir, e incluso para la modificación de conductas o creencias que se descubra no facilitan un proceso de morir humanizador. Esto es más fácil si el proceso educativo se inicia a edades más tempranas. Para esto sería necesaria una habilidad negociadora por parte de todos, pero especialmente de los profesionales de la salud y de los educadores. Una de las principales competencias a trabajar sería la de “Diversidad e interculturalidad”, a un nivel básico, que podríamos definir como “Comprender la diversidad cultural y social en torno al tema de la muerte como un fenómeno humano e interactuar desde el respeto con personas diferentes”.

c) No se trata de adoctrinar ni dogmatizar. Hay muchos aspectos relativos a la muerte sobre los que los educadores y profesionales de la salud deberán reconocer su ignorancia o sus dudas, especialmente cuando se trata de responder a preguntas de sentido, sobre un posible más allá, la existencia de Dios… A lo sumo, podrán informar, con respeto y rigor académicos, de las creencias de las diversas culturas y religiones al respecto.

d) Debe ser integral e integradora. Integral porque tiene en cuenta los aspectos fundamentales del proceso del morir, desde los médico-asistenciales hasta las preocupaciones existenciales o espirituales de la persona, e integradora porque asume todos aquellos valores positivos y humanizadores de las diversas culturas o creencias que faciliten un proceso lo más saludable posible del morir.

e) Desde un razonable respeto a todas las visiones religiosas, culturales o existenciales, es imprescindible un consenso de mínimos sobre lo que una sociedad laica, democrática y plural pueda entender por “respeto a la dignidad humana en la fase terminal de la vida”. Evidentemente, esto no es fácil de dilucidar y exigiría una mayor implicación por parte de determinados agentes sociales (incluidas las principales confesiones religiosas) y de una sociedad hasta ahora poco dada, a excepción de ciertos ámbitos académicos, a hablar de la muerte.

f) Unido a todo lo anterior, esta visión intercultural integradora debería facilitar la autocrítica por parte de las distintas visiones culturales y existenciales de la muerte. El debido respeto a las mismas no significa aceptación privilegiada de ninguna de ellas ni asunción acrítica de todos sus postulados. Hay que reconocer que determinadas visiones culturales de la muerte pueden dificultar el proceso del morir de la persona. Las diversas imágenes de Dios que podamos construirnos no siempre son sanadoras. No es igual la imagen de Dios misericordioso y salvador que la de justiciero y castigador. Esta última probablemente induciría durante la fase terminal de la vida a negativos sentimientos de culpa y de miedo ante una supuesta condenación eterna. En esos casos, sería recomendable una revisión crítica de determinados imaginarios en diálogo constructivo con las otras visiones culturales y existenciales. Esta capacidad de autocrítica facilitaría, además, la prevención tanto de actitudes etnocentristas excluyentes como de postulados laicistas refractarios de lo religioso o transcendente.

g) En este sentido sería conveniente formar comités interdisciplinares (médicos y profesionales de la salud, psicólogos, filósofos, sociólogos, antropólogos…) e interconfesionales que dialogaran y consensuaran aspectos básicos sobre la muerte y el proceso de morir buscando aquellas actitudes, creencias y sentimientos de las diversas culturas que puedan ser universales o aceptables para una mayoría social a la vez que facilitadores de un proceso de morir más humanizador e integrador. Esto ayudaría al personal sanitario involucrado en la fase terminal de la vida a mantener una posición racional y objetiva a la vez que mostrar empatía con la experiencia emocional que están viviendo el paciente y sus familiares.

Lo que aquí se propone puede parecer extraño y difícil, sobre todo porque el tema del tratamiento de la muerte a día de hoy queda fuera de los currículos escolares, pero parece claro, a tenor de lo dicho, que un tratamiento interdisciplinar del tema en el ámbito educativo ayudaría a la sociedad y a los individuos que la forman a afrontar ese proceso tan difícil y del que apenas se habla que es el final de la vida.

Con este caso concreto he pretendido mostrar que es posible superar “el divorcio actual entre la cultura humanística y la científica” (título de la pregunta que se me formula), y en concreto el divorcio entre religión y ciencia. No sólo eso, el encuentro entre ambas culturas es bueno, necesario y plausible también dentro del ámbito educativo siempre y cuando éste sea abierto e inclusivo y libre de todo dogmatismo y reduccionismo.

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