Natalia Ojeda / Catedrática de Psicología. Universidad de Deusto

Natalia OjedaCaemos en la tentación de ignorar con demasiada facilidad que prácticamente todas las ciencias tienen como finalidad última la mejora de la calidad de vida del ser humano. Ignorar ese vínculo entre lo científico y lo humanístico otorga a la sociedad un modelo mutilado que se refleja en algunas de las carencias de la sociedad actual. ¿O qué buscamos realmente cuando inventamos una fórmula matemática de predicción del tiempo atmosférico, cuando examinamos el cerebro de un grupo de pacientes, conseguimos el desarrollo de un software que pone en comunicación a personas o que sirve para mejorar la precisión con que un robot participa en una intervención quirúrgica?.

Integrar  la formación humanística y científica no es un modelo que sea posible sino que ya existe.  Existió por ejemplo cuando en las antiguas licenciaturas las asignaturas del primer y en parte, del segundo año (de seis) se destinaban a contenidos transversales de diferentes materias como la pedagogía, la filosofía o la antropología, aunque la licenciatura fuese en psicología. Permitía no sólo una formación complementaria sobre las necesidades del ser humano, sino mejorar el entendimiento y el enfoque de otras disciplinas profesionales con las que nos veíamos en la necesidad de colaborar durante nuestra vida laboral motivadas por la creciente, y a mi juicio acertado, enfoque inter/multidisciplinar.

Y además es el modelo al que han retornado, entre otras, en Inglaterra y EEUU algunas de las universidades más elitistas y prestigiosas, como es el caso de Cambridge, Oxford, Harvard o Johns Hopkins. Dichas universidades hicieron un esfuerzo activo ya hace más de 15 años, por preservar o por reincorporar las humanidades en la formación universitaria de casi todos los estudios científicos, incluidos medicina, derecho, ingeniería informática o las ciencias básicas como las matemáticas y la bioquímica.

No es extraño entender tampoco que en los colegios de Sillicon Valley en EEUU, hayan decidido prohibir a los alumnos acudir al aula con ordenadores o teléfonos móviles. Consideran los responsables docentes que ya los utilizan en demasía el resto de la jornada y que hoy en día, está garantizada, al menos en ese reducto del mundo, la formación tecnológica. En sustitución, han reforzado el trabajo en grupo, los contenidos humanísticos y las ciencias sociales como reconocimiento de que dicha formación, no solo no debe perderse, sino debe integrarse y formar parte esencial del recorrido curricular de todo alumno.  No olvidemos que más del 85% del alumnado de dicho entorno terminará trabajando en empresas tecnológicas y científicas. Quizá inspirados por el propio Steve Jobs, quien siempre estuvo orgulloso y alardeó de que durante su formación universitaria, acudió por ejemplo a cursos de caligrafía que le sirvieron para incorporar a los procesadores de texto, las diferentes formas tipográficas con que contamos en la actualidad.

Me ha resultado grato leer esta semana en la prensa que la Asociación de Estudiantes Universitarios de premios fin de carrera, que reúne a los estudiantes más brillantes y con mejores expedientes  se ha unido para contribuir a mejorar la docencia universitaria. Preguntados por sus sugerencias para que dicha formación mejore, una de sus primeras ideas es la de incluir una formación humanista a lo largo de los grados. Afirman que la formación resulta demasiado específica y limitada a un campo de conocimiento muy delimitado, y que echan de menos conocer otras materias relacionadas con el ser humano y la sociedad en la que trabajarán. Afirman que dicha inclusión les prepararía mejor para los retos laborales una vez se produjese su inserción laboral. Interesante que quienes lo clamen sean los propios alumnos.

Durante mi tiempo de formación en la Universidad de Johns Hopkins, en la titulación de Medicina se llevaban a cabo unos seminarios mensuales titulados “Ciencia y fe”. Estaban entre los seminarios más atendidos por estudiantes y profesores, y era especialmente notable que entre los profesores que acudían, se encontraban todos los jefes de sección, catedráticos y muchos de los grandes popes de la ciencia médica. Allí se debatía y reflexionaba, entre otros, sobre cómo la medicina no era una ciencia exacta, es una ciencia basada en la persona y para las personas. Se especulaba sobre porqué existían casos clínicos que mejoraban contra todo pronóstico o cómo era posible que un paciente perdiese la vida ante una situación que clínicamente resultaba de fácil abordaje.  El enriquecimiento personal y profesional de aquellas reflexiones y trabajo para la integración de los aspectos científicos y más humanos, enganchaba a algunas de las personas más ocupadas del sistema formativo, que a pesar de todo, acudían fielmente a todos los seminarios.

Son sólo algunos ejemplos de muchos.

La inquietud y la necesidad existen. Los modelos implementados con éxito también.   Pero falta que la administración y los órganos de decisión en educación hagan una apuesta en firme por su implementación.

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