Pablo Cobreros / Departamento de Filosofía. Universidad de Navarra

Pablo CobrerosSe trata de una pregunta a la que no es posible responder en unas pocas palabras (y aun muy difícil de responder en muchas). Por este motivo, en lugar de tratar de dar una respuesta, querría solamente compartir dos reflexiones.

Echando un vistazo a las respuestas que están en la web, me ha gustado particularmente la de Koldo Saratxaga, por ser incisiva y breve:

Lograr una educación basada en el respeto y los valores, en una relación colaborativa de libertad y creatividad, conviviendo y compartiendo experiencias apasionantes tanto de humanidades, como de ciencias, como de historia. (http://www.euskonews.com/ug/urteko/2016/koldo-saratxaga)

Hace unos días leí el ensayo de Rachel Carson El sentido del asombro. En este ensayo, la gran ambientalista estadounidense describe algunas de sus vivencias de la naturaleza junto a su sobrino Roger, de dos años de edad, en la costa de Maine. El sentido del asombro muestra que la actividad científica no está desligada (no debería estarlo) de la motivación que la generó, de las experiencias significativas que le dan su genuino sentido.

Por numerosos motivos, el modo de practicar y de enseñar hoy la ciencia se ha desligado de este tipo de vivencias, contribuyendo a la fractura entre ciencia y humanidades (pues se considera que el segundo tipo de actividad está ligado a vivencias significativas). Bajo la perspectiva de una ciencia que logra sus objetivos de modo mecánico, cualquier valoración sobre ella, cualquier deontología, se percibe necesariamente como una imposición externa.

Hace un par de años pregunté a mi colega neerlandés Robert qué pensaría si alguno de sus hijos le dijera que quiere estudiar Filosofía. La respuesta fue, como casi todas sus respuestas, rápida y categórica: ‘No me importa qué quiera hacer. Me importa que lo haga en serio’. La segunda reflexión tiene que ver con el dominio generalizado de un pragmatismo mal entendido y el consecuente desprecio por las humanidades. Muchos padres se oponen a que sus hijos estudien Filosofía o alguna otra carrera que ‘no sirve para nada’. En la educación secundaria y el bachillerato, aprender a calcular el TAE se estima más oportuno que aprender teoría de conjuntos (por no hablar del desprecio de la educación musical y artística, de la Filosofía y el sometimiento de las humanidades a maniobras de adoctrinamiento). Predicamos unos valores, pero encarnamos los valores opuestos. La búsqueda insistente de un resultado inmediato unida a la idea, a veces implícita pero igualmente real, de que la felicidad se encuentra al término de una brillante carrera profesional genera frustración y enfermedades mentales. ¿Es esto realmente práctico?

Volviendo a la pregunta inicial, sobre cómo eliminar el divorcio actual entre la cultura humanística y la científica, pienso que hay que procurar trabajar en cualquiera de los dos ámbitos desprendidos de resultados externos y en buena medida accidentales, procurando mantener la motivación que nos impulsó inicialmente, procurando entender que, como suelo decir a mis hijas, el premio está dentro.

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