Andrés Ortiz-Osés / Catedrático emérito de la Universidad de Deusto

Andrés Ortiz-Osés Me invitan a escribir sobre el ser humano hoy, y viene en mi auxilio su origen del humus (tierra, polvo). Ser humano es ser humus terráceo o polvoriento, como narra el Génesis, el cual añade al lodo telúrico del hombre un aire o hálito espiritual. Hasta ahora el hombre ha desarrollado sobre todo su tierra o lodo, y no tanto su alma o espíritu. Esto significa que el hombre ha cumplido su proceso de hominización, pero aún no de humanización.

Filósofos y antropólogos interpretan el humus del hombre no en sentido literal sino simbólico, traduciéndolo como mundo. El hombre no es meramente tierra, sino tierra cultivada y culturizada, tierra habitada y habitable, así pues mundo abierto al sentido interhumano. La tierra del hombre se vuelve humana, es tierra ya no literal sino literaria, humus húmedo o humedecido de sentido interlingüístico. Ahora el hombre es el ser encarnado en la carne simbólica del mundo.

La encarnación del hombre en el mundo sucede pues en la carne, la cual es carne real y surreal, vital y mortal. La conciencia de la vida y de la muerte es la conciencia específicamente humana, una conciencia que nos sitúa siempre en el límite o frontera existencial, al borde del abismo del ser. Pero paradójicamente el límite de la muerte dice también abertura ilímite, apertura trastemporal, trastiempo intemporal. El tiempo del hombre se humaniza y vuelve humano en relación con ese trastiempo que nos condena y libera al mismo tiempo.

Así que el ser humano se define por su relación entre el tiempo y el trastiempo, entre la tierra o el mundo y su límite, entre la existencia y la dexistencia. Ser humano hoy es replantear lúcidamente la relación de la vida con la muerte, una relación que conduce al hombre humano y no inhumano a la “compasión” universal de sí mismo y del otro. La compasión es la clave de toda auténtica religión y de toda religión verdaderamente humana, como mostraron Buda y Jesús, como demostró Schopenhauer y recalca el Papa Francisco.

Pero hay dos ideologías extremas que se refuerzan anticompasivamente. Por una parte, un paganismo o naturalismo de carácter cruel o sádico; por otra parte, una religiosidad o sobrenaturalismo fundamentalista y masoquista. Frente a ellos, la compasión del hombre por el hombre es la compasión propia y ajena ante la muerte común y lo que conlleva, el compadecimiento de lo fuerte por lo débil y del fuerte por el débil (aquello que cierto Nietzsche y el nazismo odiaban).

Finalmente compasión significa compatibilizar los contrarios, ponderando la fuerza de lo débil y la debilidad de lo fuerte, la mortalidad de la vida y la vitalidad o inmortalidad de la muerte. Ser humano hoy consistiría pues en compatibilizar los contrarios simbolizados radicalmente por la vida y la muerte, lo cual significa vivificar la vida y amortiguar la muerte. Pero también debería significar amortiguar nuestra vida desmesurada y vivificar nuestra muerte inhibida.

En el viejo relato de Jacob en lucha con el ángel, el humano resulta herido por el angélico, pero este finalmente le otorga su bendición compasivamente. La gran herida trascendental de la vida es la muerte, la cualempero es la obertura del tiempo zaherido a la bendición de la eternidad. Ahora bien, la herida mortal de la vida no es luminosa, como pensaba el viejo José Mª Pemán, sino “numinosa”: a la vez oscura y luminosa.

Parafraseando a Christian Bobin, podríamos afirmar que en la más profunda herida de la vida subyace un cierto sinsentido (negro) y un incierto sentido (claroscuro). Nuestra existencia humana es una luz que oscila en el presente entre la oscuridad clara del pasado y la oscuridad abierta del futuro.

Un pensamiento en “Andrés Ortiz-Osés / Catedrático emérito de la Universidad de Deusto

  1. Eva

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