David Alvear / Doctor en Intervención Psico-pedagógica. Baraka Instituto de Psicología

David AlvearEn este escrito se plantearán desde una perspectiva bio-psico-social las encrucijadas y retos a los que se ve abocado el ciudadano del siglo XXI. y cómo las actuales investigaciones en neurociencia afectiva pueden ofrecer ciertas pautas de conducta individual y comunitaria para gestionarlas.

Comencemos por lo evidente, el ser humano en la actualidad sigue siendo un homínido con una capacidad craneal aproximada de 1500 centímetros cúbicos y un porcentaje de 80% de cortex en el tamaño total del cerebro. Estas características quizá sean las que diferencian al ser humano del resto de homínidos, generando una mayor masa cortical en áreas sensorio-motoras que entrañan una coordinación motora fina más compleja y una mayor masa cortical en los lóbulos frontales, asociada con conductas empáticas, con la capacidad de generar imágenes mentales y con la internalización de reguladores sociales (valores y reglas sociales), entre otras capacidades.

Sucede que éste homínido (Homo sapiens), evolutivamente hablando, no parece estar completamente preparado para integrar los extraordinarios cambios socio-culturales que le está tocando experimentar, éste fenómeno conlleva ciertos desajustes que se relatan a continuación:

Desde el punto de vista psicofisiológico nuestro sistema del estrés ha sido diseñado para afrontar eventos vitales estresantes relativamente breves (p. ej. depredadores o breves peleas), pero no parece que esté tan preparado para gestionar situaciones de estrés crónico. Es el caso del funcionamiento del cortisol, hormona asociada al estrés, que resulta de utilidad en conductas defensivas a corto plazo movilizando grasas, energizando el organismo y enfocando la atención, no obstante si los niveles de cortisol se encuentran elevados durante periodos largos de tiempo pueden dañar el sistema inmune y el cerebro.El estilo de vida actual de la mayoría de los seres humanos adultos conlleva convivir con una presión social alta y continua derivada de fenómenos como el rechazo social, comentarios hostiles de otros sujetos, perfeccionismo (externo e interno), contextos competitivos, alta presión del tiempo, etc. acarreando una sobre-activación del sistema nervioso simpático.

Desde la perspectiva en salud mental, se estima que para el año 2020 de las 10 enfermedades que mayor discapacidad producirán, cinco serán trastornos mentales, figurando la depresión como la segunda más importante. Mucho se ha escrito e investigado sobre los factores causales del aumento de la psicopatología en la actualidad, lo que parece evidente es que las influencias genéticas no pueden justificar este aumento espectacular desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad en las sociedades industrializadas, especialmente en los trastornos ansioso-depresivos. Algunos autores indican los cambios de estilo de vida como causas más reseñables (descompensación en los ciclos vigilia-sueño, cambios en la dieta, sedentarismo…) y otros proponen tendencias psico-culturales como la “exaltación del yo” y el declive de la vida comunitaria o aumento del individualismo.

Ante tamaña disyuntiva cabe plantearse la siguiente pregunta: ¿Qué habilidades conductuales le pueden ser de utilidad al ser humano actual?

R. Davidson, desde la disciplina de la neurociencia afectiva, propone cuatro constituyentes claves en el aumento del bienestar subjetivo y comunitario susceptibles de entrenar y aumentar mediante diversas estrategias:

- Habilidades atencionales basadas en mindfulness. Se define como la capacidad de dirigir la atención a objetos atencionales del momento presente. Se estima que la divagación mental llega a consumir hasta el 50% de nuestra actividad mental diurna, junto a ello se ha detectado que cuando las personas prestan atención al momento presente refieren indicadores más altos de auto eficacia y de bienestar subjetivo. Este fenómeno nos hace deducir que el entrenamiento en el control atencional puede ser una herramienta de gran ayuda en la actualidad.

- La capacidad de detectar y mantener en el tiempo las emociones positivas. Esta habilidad está relacionada con el bienestar psicológico y con menores índices de inestabilidad emocional. Cuando se han comparado sujetos no deprimidos y deprimidos se han detectado diferencias en lo referente a la capacidad de mantener la experiencia de emociones positivas. Con entrenamiento, bien en formato psico-educativo bien mediante nuevas tecnologías, los sujetos pueden aprender a modificar sesgos atencionales de manera que generen cambios físicos en el cerebro que potencien la detección y el mantenimiento de emociones, cogniciones y sensaciones físicas de base afectiva positiva.

- La regulación y la recuperación funcional de emociones negativas. La rápida recuperación después de estímulos emocionales negativos es considerada como un elemento importante en el bienestar psicológico. Esta recuperación más rápida implica un aprendizaje funcional tanto del procesamiento bottom-up basado en procesos sensoriales e interoceptivos como del procesamiento top-down basado en estrategias cognitivas y de visualización.

- El desarrollo de conductas pro-sociales y/o compasivas. Se ha visto que las conductas que aumentan los vínculos sociales funcionales (altruismo y conducta pro-social) aumentan el bienestar psicológico, generando un bucle de retroalimentación en el que la conducta pro-social aumenta el bienestar y el propio aumento del bienestar implica un aumento de la conducta pro-social. En la actualidad existen múltiples intervenciones psico-educativas basadas en la compasión que pueden potenciar esta habilidad.


Referencias:

Davidson, R. J. y Schuyler, B. S. (2015). Neuroscience of Happiness.  en Helliwell, J. F.,Layard, R., y Sachs, J. (eds.). World Happiness Report 2015. New York: SustainableDevelopment Solutions Network.

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