Félix Ares de Blas / Comunicador Científico

Félix Ares de BlasSi nos preguntan qué es un ser humano, probablemente nuestra respuesta –salvo que seamos racistas radicales– será que ser humano hoy es lo que la ciencia ha definido como Homo sapiens, incluyendo en esta categoría también a los Neandertales. Según algunas clasificaciones, nosotros seríamos Homo sapiens sapiens y los neandertales Homo sapiens neanderthalensis. Todo parece muy claro. Sin embargo, si profundizamos un poco más, vemos que la respuesta no es tan sencilla y que estamos muy lejos de tener una respuesta consensuada. Basta con estudiar algunos de los movimientos en favor de los «derechos de los simios». Por poner un ejemplo concreto, el proyecto «Gran Simio» que nació en 1993 de la mano de Peter Singer y Paola Cavalieri. Fueron investigadores como Jane Goodall, Diane Fossey y Birute Galdikas las que «demostraron» que los grandes simios –chimpancés, gorilas y orangutanes– piensan y sufren de modo muy similar al humano y, por lo tanto, había que romper las barreras entre los derechos de los animales y de los humanos y reconocerles derechos humanos.

¿No es eso –hasta cierto punto– hacerlos humanos?

Proyectos como el de «Gran simio» y otros tratan de dar derechos humanos a ciertos animales, especialmente primates y, en un grado inferior, mamíferos. Hay una fuerte tendencia a antropomorfizar a nuestras mascotas y a los comportamientos de muchos animales sin que haya una razón sólida –científica– para ello. Un ejemplo que me viene a la memoria es un vídeo que anda circulando por Youtube en el que se ven unos peces que están jadeando asfixiándose pues no tienen agua. En el suelo asfaltado hay unos pequeños charcos de agua insuficientes para que respiren los peces. Llega un perro y se pone a echar agua sobre los peces y en los comentarios se dice que el perro ha tenido pena de los peces y que está tratando de ayudarles echándoles agua. Ello implicaría que el perro sería capaz de «ponerse en los zapatos» de los peces, tener empatía hacia ellos, comprender que tienen que estar en el agua para respirar y tratar de ayudarles. Demasiada inteligencia para un perro. La explicación es mucho más pedestre, los perros instintivamente tienden a enterrar la comida para esconderla y conservarla. Lo que está haciendo este perro es considerar a los peces comida y está tratando de esconderlos enterrándolos pero como en el asfalto no hay tierra, lo que hace es echar agua para hacerlo. Es decir, se trata de una actitud instintiva habitual, que se modifica porque no hay tierra a mano y usa lo más parecido que tiene: agua. El pensar en la que se trata de un acto de solidaridad y ayuda a los peces es una antropomorfización de algo mucho más sencillo y rutinario.  Probablemente uno de los culpables de esta antropomorfización de muchos animales sean las películas de Walt Disney donde los animales piensan y se comportan como humanos. ¿Quién no se ha sentido conmovido por Bambi y el gran cariño que recibe de su madre?

Otro de los animales que ha sido sumamente sobrevalorado y antropomorfizado es el delfín. Hemos oído historias de que son sumamente inteligentes e incluso de que tienen un idioma sumamente rico. Pasadas las euforias iniciales, se ha descubierto que el lenguaje de los delfines no deja de ser un conjunto de señales similares a los de otros animales y también se ha descubierto que son bastante tontos y, si les aplicásemos emociones humanas –que no hay que hacerlo–, son bastante crueles.

Pero vayamos en el sentido contrario, en el de la restricción de consideración de humanos. No hace ni siquiera un siglo que se consideraba que los de piel oscura no eran humanos del todo. Y no solo la piel, también el sexo, las mujeres no eran humanos plenos; o la edad, los niños tampoco eran personas plenas.

La esclavitud en gran parte se justificaba porque «lo otros» no eran humanos, no tenían alma. En sentido contrario destaca el padre Montesinos que en 1511, en una misa a la que asistía el padre Las Casas, comenzó a gritar que los encomendaderos irían al infierno y estarían condenados al fuego eterno por torturar y asesinar a los indígenas que son también personas «iguales a nosotros», «incluso con alma y sentimientos». «¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?![1]».

Las frases de Montesinos, después totalmente asumidas por el padre Las Casas, demuestran varias cosas, la primera es que para los colonos los indígenas no eran seres humanos plenos, incluso se dudaba de que tuvieran alma, y segundo, en contra de lo que dice la leyenda negra anglosajona contra España, nuestro país fue uno de los primeros en plantearse la plena humanidad de los indígenas y, sin duda, esa es una de las causas por la que en la América hispana hay indígenas y en la América anglosajona tan solo quedan unas ridículas minorías en «reservas». Hoy lo que defendían los padres Montesino y Las Casas nos parece lo obvio, pero no ha sido así durante la mayor parte de la historia, donde siempre se ha defendido que «los otros» no eran humanos.

Por ver otro ejemplo; en la Grecia clásica se inventó la democracia, pero solo podían votar los hombres –en el sentido de machos humanos–. No podían hacerlo ni los esclavos ni las mujeres. Es decir, ni los unos ni las otras eran humanos plenos. Los menores de edad tampoco.

¿Puede ayudarnos la ciencia a delimitar lo que es ser humano? La respuesta, como suele ser habitual, es ambivalente: sí y no. De lado del sí hay varios ejemplos, voy a centrarme en la genética y en la paleoantropología. La paleoantropología ha demostrado más allá de toda duda razonable que nuestra especie apareció en África oriental hace aproximadamente 200.000 años, con un margen de error muy grande. Salimos de África en alguna fecha en la que no se ponen de acuerdo los investigadores; para la mayoría, sobre todo genetistas, fue hace tan solo 60.000 años, pero para otro grupo, sobre todo arqueólogos, fue hace 130.000 años. Sea una u otra fecha no tiene demasiada importancia para el tema que nos ocupa. Demuestra que toda la humanidad actual es la misma especie, que todos salimos de África hace relativamente poco tiempo y un aspecto para mí muy importante: todos éramos negros. El cambio de color de la piel es algo sumamente reciente; digamos que en torno a los 10.000 años. Eso demuestra la unicidad de la especie y cuestiona las ideas racistas. El color de la piel es un detalle secundario sin importancia, como lo son los ojos rasgados o la nariz estrecha. La genética ha demostrado lo mismo, no hay diferencias importantes entre los genomas de los humanos con distintos tonos de piel o con distintos aspectos de nariz, ojos, altura, color de pelo, etc. Todos los humanos actuales somos sumamente parecidos genéticamente. Mucho más parecidos, por ejemplo, que los bonobos (Pan paniscus) entre sí. Cogidos dos bonobos al azar y dos humanos también al azar, lo más probable es que las diferencias genéticas entre los bonobos sean muy superiores a la de los humanos. Y estoy diciendo cogiendo humanos al azar, es decir, podemos coger un europeo caucásico y un pigmeo africano o un inuit.

Estos hechos han hecho que mantener hoy en día posturas racistas sea muy difícil de sustentar, aunque sigue habiendo un poso racista debido a que se ha entendido muy mal la evolución e incluso la historia. Voy a contar una anécdota que me ha pasado recientemente como ejemplo de ese poso racista que casi pasa desapercibido. Hace unas semanas, hablando con un profesor de instituto de ciencias, bastante culto, y poco racista, terminamos hablando de evolución. Yo le expresé mi asombro de que algo tan sencillo como la selección natural y su idea de que dejan más descendencia las personas más adaptadas a un ambiente concreto sea tan difícil de enseñar. Entonces él me dijo algo así como que los chavales, «como todos nosotros, se preguntan, ¿por qué los negros en Estados Unidos no siguen evolucionando y se vuelven blancos?» Implícitamente me estaba diciendo que el blanco es más evolucionado que el negro. De ahí a decir que el negro es inferior hay un paso. Es una postura racista aunque él no lo sepa e incluso se crea un antiracista ferviente y él nunca dio el paso de considerar a los negros inferiores. Por suerte, a pesar de ese poso de no entender la evolución, las posturas racistas han retrocedido enormemente en todo el mundo y la ciencia ha contribuido positivamente a ello. Aunque no debamos minusvalorar los movimientos hechos por personajes como Ghandi o Martin Luther King e incluso el gran esfuerzo nacional hecho por Estados Unidos para eliminar el racismo.

Del lado opuesto, en el que la ciencia no contribuye a definir lo que es humano, está el hecho de que algunos consideran que tan solo son humanos verdaderos los Homo sapiens. Otros consideran que lo son todo el género homo (Homo habilis, Homo neanderthalensis, Homo floresensi, etc.). Da la sensación de que los que hicieron la taxonomía humana estaban pensando que todo el género homo era de humanos. Pero entonces yo me pregunto, ¿la famosa Lucy, que es uno de los restos más antiguos de hominidos bípedos, podemos considerarla humana o no? No hay unanimidad, para algunos no y para otros sí. Por ejemplo, hay muchos que consideran dentro de la categoría de humanos a todos los hominina –primates hominidos con postura erguida y locomoción bípeda–, de ese modo Lucy seria humana y todavía hay otro grupo que considera humanos a todos los hominidos –los humanos y sus parientes cercanos como orangutanes, chimpancés, bonobos y gorilas–. Como vemos, la ciencia no se pone de acuerdo en el concepto de humano.

La tecnología actual ha abierto otros muchos frentes de incertidumbre. Hoy en día la técnica permite realizar interrupciones del embarazo que están obligando a las legislaciones de muchos países a redefinir el concepto de humano. ¿Cuándo –a qué edad– un feto puede considerarse humano y cuándo no? Las posturas están enfrentadas, los hay que piensan que desde el momento que el espermatozoide fecunda al óvulo ya estamos ante un humano, y hay otros que piensan que es necesario la aparición de un sistema nervioso para que podamos considerarlo como tal.

Las nuevas tecnologías de la información todavía nos dan otros puntos de duda y de reflexión. De repente la Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas de un modo muy notorio. La IA no es algo nuevo, lleva con nosotros más de sesenta años, pero ahora ha sufrido un acelerón, y las máquinas nos están derrotando en temas que considerábamos específicamente humanos. Por poner unos ejemplos, los ordenadores ya juegan sistemáticamente mejor que nosotros al ajedrez o incluso al Go[2]. La derrota de los humanos frente al juego chino Go ha traído, además, varias novedades. La máquina ha aprendido a jugar jugando a veces contra humanos y lo que es más interesante, ha aprendido jugando contra sí misma pudiendo hacer millones de partidas. Contra humanos solo podría haber unos cientos de partidas, pues los humanos somos lentos, contra sí misma ha podido hacer millones de partidas con lo que el aprendizaje es mucho más rápido. También tenemos máquinas que invierten en bolsa o que conducen coches.

Las máquinas están empezando a ser mejores que nosotros en cientos de campos restringidos; tan solo les falta para ser similares a los humanos tener lo que se ha dado en llamar «inteligencia general», pero también se está avanzando en ese campo a ritmo muy alto.

¿Si las máquinas son capaces de hacer mejor que nosotros miles de cosas que antes pensábamos que eran típicamente humanas, qué es lo peculiar del ser humano? Cuando alguna vez he planteado esta pregunta en alguna conferencia siempre ha habido alguien que me ha dicho una frase similar a esta «pero las máquinas solo hacen aquello para lo que están programadas». Mi respuesta les suele desconcertar: «he explicado dos tipos de sistemas los simbólicos, en los que se sitúan los llamados ″sistemas expertos″ que se programan, pero también he hablado de redes neuronales que no se programan, se educan; las redes aprenden de la experiencia, y el paradigma es la máquina que venció en el juego del Go que aprendió jugando contra sí misma y, por fin, tenemos la ″programación genética″ que tampoco se programa en sentido estricto, son algoritmos que evolucionan adaptándose al ambiente y tratando de optimizar las soluciones. Ya hay muchas patentes realizadas completamente por algoritmos genéticos, entre otros, antenas de naves espaciales». Pero incluso los sistemas simbólicos, que sí que están programados, son capaces de sorprender a sus creadores. Por ejemplo en 1981 el sistema experto PROSPECTOR localizó un depósito nuevo de Molibdeno en Canadá que valía millones de dólares, usando los datos que habían visto muchos geólogos, pero para los que habían pasado desapercibidos. El público suele ser muy reacio a pensar que las máquinas aprenden y que aprenden a tomar decisiones y a resolver problemas nuevos a los que nunca antes se habían enfrentado; es decir, las máquinas tienen inventiva y creatividad. Eso sí, como ya he dicho, en campos restringidos, les falta la inteligencia general.

¿Qué nos queda peculiar humano? Normalmente la reflexión nos lleva a que las máquinas no tienen pasiones, no aman, no sufren, … no tienen sentimientos ni emociones. ¡Curioso! Hemos abandonado la idea de que lo típicamente humano es lo racional para llegar a que lo humano son las emociones y los sentimientos.

Pensemos por un momento en las emociones de furia y de miedo. La furia a lo largo de la evolución nos ha permitido darnos fuerza para enfrentarnos a un enemigo y si el enemigo es superior a nosotros nos ha dado el miedo que nos ayuda en la huida. Los neurólogos han descubierto que las emociones de miedo y rabia se originan en la zona del cerebro llamada amígdala[3]. Y no se trata de un tema fácil, primero el sistema nervioso debe decidir cuál es la reacción adecuada y después debe actuar en consecuencia. Se trata, pues, de una acción muy compleja.

¿Podríamos hacer que las máquinas tuvieran miedo? Pienso que todo el proceso que se desarrolla en la amígdala es muy complejo, pero no tengo la menor duda de que es un proceso mucho más sencillo que ver y hoy tenemos sistemas que «ven» razonablemente bien. Es decir, que creo que podríamos dotar a nuestras máquinas de miedo, el problema es ¿para qué queremos una máquina que tenga miedo? Es decir, creo que no se trata de capacidad de conseguirlo se trata desu utilidad, ¿para qué queremos una máquina que tenga miedo?

Ser humano, por lo tanto, no es una definición científica, es una palabra vulgar cuyo significado va variando con el tiempo. Si vemos el camino recorrido podremos hacernos una idea de lo que significa esa palabra hoy en día y hacia dónde tendemos. El predecir hacia dónde vamos nos permite entender mucho mejor quiénes somos.

Los medios de comunicación nos transmiten la idea de que estamos en un mundo muy malo y no es raro escuchar en la calle que «estamos peor que nunca» que «esto antes no pasaba». Si somos objetivos, y tenemos en cuenta los datos reales (véase por ejemplo el libro «Los ángeles que llevamos dentro[4]» de Steven Pinker), constatamos que vivimos el mejor momento de la historia, aquel en el que hay menos violencia y más bienestar. Esto es exactamente lo contrario de lo que transmiten los medios. Hay una entrada en el blog «Taringueras jodidas» que se titula «Cualquier tiempo pasado fue una mierda[5]» que con un lenguaje un tanto vulgar cuenta perfectamente lo que era el pasado. Salvo el lenguaje, a veces burdo, el artículo merece la pena.

Cómo insinúa el título de la pregunta. «¿Qué es ser humano hoy?» La declaración Universal de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas, define lo que entendemos por humano hoy. No voy a recordar todos los artículos, pero de modo ilustrativo voy a mencionar los primeros:

Artículo 2. Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Artículo 3. Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Artículo 4. Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.

Artículo 5. Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.
Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad […]

Artículo 7. Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación.

A esto me atrevo a añadir que ser humano implica tener empatía con los demás, ser capaz de ponerse en los zapatos de los otros, ser solidario, apenarse del sufrimiento de los demás, procurar una cierta justicia social, tolerar otras ideas, otras actitudes, otras costumbres, otros vestidos, otros peinados, etc.

Todo esto puede parecer muy obvio y se puede pensar que esto es lo que ha habido durante toda la historia de la humanidad, pero no ha sido así ni mucho menos. Ya he mencionado el tema de la esclavitud, pero podemos ver otros aspectos. Por ejemplo, el de la violencia contra «los otros». Hay pruebas de que en el paleolítico y neolítico las luchas entre los que no eran de la misma tribu eran sin piedad; sus vidas no valían nada pues, probablemente, pensasen que ni siquiera eran humanos. Es habitual en muchas lenguas que el nombre de su tribu signifique «humano» en contraposición con los otros que son los extranjeros, los no humanos. Por ejemplo, entre los inuit –antes llamados esquimales– la palabra inuit significa «humano»; los no-inuit son las no-personas.

Es muy difícil ser solidario, por ejemplo dando de comer al hambriento, cuando con mucho esfuerzo no eres capaz de conseguir alimento suficiente para ti mismo y tu familia.

Si el hambre y la necesidad azuza es muy fácil justificar el ataque a una tribu vecina –que no son humanos– para poder comer, se trata de ellos o de nosotros.

Difícilmente vamos a reconocer los derechos de «los otros» si difícilmente nos reconocemos con algún derecho.

Las costumbres tribales tienen tal fuerza coercitiva que prácticamente establecen un monopolio de ideas; el disidente, el que piensa distinto, casi siempre es castigado. El «pensamiento único» ha sido la norma en casi toda la historia humana.

Normalmente, el bienestar está asociado al consumo de energía. Mayor consumo de energía, más bienestar. Y el bienestar aumenta la tolerancia. Al no estar acuciados por la necesidad inmediata se ven las costumbres de los otros con menos dureza. Por poner un ejemplo, si nos sobra comida y nuestro problema es la obesidad, no vemos con malos ojos la idea de que todos tienen derecho a comer.

Uno de los grandes avances de la civilización ha sido ir agrandando el círculo de los que consideramos «nosotros», o dicho de otro modo, ir disminuyendo el concepto de «los otros». En el aspecto geográfico, de que «nosotros» eramos la tribu que vivíamos en territorio muy concreto, pasamos a la ciudad, después al grupo de ciudades, después a los que hablábamos un mismo idioma, después a la nación, … y hoy, por suerte, a toda la humanidad.  En el aspecto social, antes «nosotros» éramos los machos adultos, los niños, las mujeres, los homosexuales o los que creían en otros dioses eras «los otros». Poco a poco, y muy recientemente, la mujer y los niños pasaron a ser «nosotros». En el aspecto religioso, los que tenían la misma religión eran «nosotros», los demás eran «los otros» y ha habido –y hay– tremenda violencia y guerra entre los que no son de la misma religión… Pero el proceso de «nosotrización» está yendo mucho más lejos, ya no solo somos «nosotros» todos los humanos habitantes de la tierra también se empiezan a pedir derechos –tal como ya hemos visto– para los primates e incluso para los cerdos.

Y cada paso que damos en aumentar el «nosotros» nos hacemos menos transigentes con los sufrimientos de «los otros». Nos sentimos más solidarios, nos metemos en sus zapatos. Así se entienden, por ejemplo, los movimientos antitaurinos y animalistas. Antes, los animales eran «los otros», lejanos, sin derechos, … hoy sin llegar a ser «nosotros» están mucho más cerca de nosotros, son nuestros «primos».

Personalmente creo que los antitaurinos y los animalistas exageran. Me explico, para mí es intolerable y me da asco el boxeo o la lucha libre donde los seres humanos se pegan y muchas veces acaba con la muerte o con problemas físicos o psíquicos de alguno de ellos. Para mí eso es mucho más grave que el que se mate a un toro o se tire a una cabra desde un campanario o que las gallinas no estén en el mejor espacio posible. La disculpa que dan de que los humanos lo hacen voluntariamente y los animales lo hacen por obligación me parece muy débil. Tal vez eso sea para el universitario de Oxford que, no sé muy bien por qué, liarse a puñetazos con otro es un «deporte»; pero si pensamos en la mayoría de boxeadores de verdad, lo han hecho porque era una de las pocas salidas «laborales» que tenían. Si procedes de una familia humilde y no encuentras trabajo y alguien te ofrece el boxeo –o la lucha libre– como salida, la libertad de elección es muy pequeña. A pesar de que en mi opinión los antitaurinos y animalistas exageran, hay algo que me parece tremendamente positivo: están disminuyendo el campo de «los otros».

Ser humano hoy, es tener un «nosotros» muy amplio, por el que nos preocupamos y somos tolerantes y solidarios, y un «los otros» muy pequeño.

Estamos al borde de la mayor revolución de la historia de la humanidad, hay tres revoluciones simultáneas que se hibridizan. La primera gran revolución es la energética. Por fin, la energía solar es más barata energéticamente que cualquier otra; por cada vatio invertido tenemos el mayor retorno de vatios. Por fin podremos tener energía barata con una huella ecológica pequeña. La segunda gran revolución es la de la biotecnología, podemos hacer plantas a medida para casi lo que queramos: que crezcan en aguas salobres, en desiertos, en zonas cálidas, que produzcan hidrocarburos, vacunas, medicinas, etc. También tenemos técnicas de edición genética que nos permiten suprimir y añadir genes de acuerdo con las necesidades. Y estamos a punto de conseguir órganos humanos personalizados en laboratorio, y de vencer muchas enfermedades. Por último, la tercera gran revolución enredada con las anteriores es la de la automatización robótica e inteligencia artificial. Las máquinas están sustituyendo a los humanos en cientos de labores antes impensables.

Las tres revoluciones enredadas nos hablan de un futuro de abundancia. Una buena visión de la abundancia del futuro cercano nos la da el libro «Abundancia[6]» de Peter Diamandis y Steven Kotler.

Probablemente estemos ante un futuro de la abundancia lo que significará que el «nosotros» se hará más inclusivo; habrá muchas más personas y animales que consideremos «nosotros»; habrá más tolerancia con ideas y actitudes, habrá más solidaridad, habrá más de lo que podríamos llamar «humanismo». En contra de lo que decía Roberto Carlos[7], los animales no son más civilizados que los humanos. Los únicos civilizados somos los humanos, somos los únicos capaces de ponernos en la piel de «los otros», los animales no lo hacen, y estamos al borde de ser más humanos y mejores que nunca.

PERO hay una tremenda sombra. En las revoluciones industriales anteriores, las máquinas ayudaban a las personas a ser más productivas. Al hacerlo se producía más, el empresario ganaba más y podía repartir los beneficios entre los obreros. Las máquinas, por lo tanto, beneficiaban a los trabajadores. Pongamos un ejemplo. En la construcción, la aparición de grúas eléctricas hizo que las casas se hicieran más rápidamente. Los obreros eran más productivos. El empresario ganaba más y podía repartir parte de esas ganancias entre los obreros. Todos ganaban. Pero ahora ya no es así. Para muchos trabajos las máquinas no aumentan la productividad del trabajador, simplemente los sustituyen. El robot sustituye al trabajador. El trabajador no es más productivo. El trabajador de hecho se convierte en un parado, por lo tanto no participa de los beneficios.

¿Vamos a dejar que eso ocurra? ¿Vamos a permitir que la humanidad se divida en dos, los que tienen trabajo y viven en una abundancia nunca antes soñada y los que no lo tienen que viven en la pobreza más absoluta, o vamos a hacer algo? Somos humanos, cada vez más humanos, confío en que encontremos una solución y todos disfrutemos del futuro abundante que se nos avecina.


 

[1]     http://www.razonpublica.com/index.php/cultura/8278-bartolom%C3%A9-de-las-casas-salvador-del-alma-de-los-indios-y-de-los-espa%C3%B1oles.html

[2]     Salas, Javier. La inteligencia artificial conquista el último tablero de los humanos. El País 26 de enero de 2016.

[3]    https://www.uam.es/personal_pdi/medicina/algvilla/fundamentos/nervioso/emociones.htm

[4]     Pinker, Steven. Los ángeles que llevamos dentro. Editorial Paidos. Barcelona 2012.

[5]     Taringueras jodidas. Cualquier tiempo pasado fue una mierda.

[6]     Diamandis, Peter y Kotler, Steven. Abundancia. Antoni Bosch editor. Barcelona 2013.

[7]     Carlos Roberto, https://www.youtube.com/watch?v=E_cyY1Wpb-U

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