Julia Urabayen / Profesora Titular de Filosofía. Universidad de Navarra

Julia María UrabayenEn junio de 1658, Blaise Pascal redactaba el que posiblemente es el más famoso de sus pensamientos, ese en el que responde a la pregunta que cada ser humano se ha hecho, se hace y seguramente se hará mientras siga habiendo seres que se llamen o puedan ser llamados humanos; ese que dice en su lengua nativa: “L’homme n’est qu’un roseau, le plus faible de la nature, mais c’est un roseau pensant. Il ne faut pas que l’univers entier s’arme pour l’écraser, une vapeur, une goutte d’eau suffit pour le tuer. Mais quand l’univers l’écraserait, l’homme serait encore plus noble que ce qui le tue, puisqu’il sait qu’il meurt et l’avantage que l’univers a sur lui. L’univers n’en sait rien”[1].

Cuando releo este fragmento del que nos separan tantos años, pienso que ha sabido captar a la perfección qué o quién es el ser humano, independientemente de la calificación temporal, ya que para el pensar hoy es atemporal.

Es indudable que los siglos posteriores a la revolución industrial han conocido un desarrollo vertiginoso de las técnicas y de las tecnologías, desde los medios de transporte y las comunicaciones, pasando por los avances médicos, hasta los militares. Algunos de esos inventos han hecho más acogedor el universo; otros más inhóspito. En tiempos oscuros en los que las sombras impiden ver bien la luz, los seres humanos nos sentimos más vulnerables, más miserables, más vapuleados por el viento inclemente: nos falta un hogar. Entonces el desierto de la realidad parece no dejar de crecer y hasta los animales menos necesitados de agua acaban muriendo de sed.

No, no hemos dejado de ser una caña pensante, un ser vulnerable que puede ser aplastado por una simple gota de agua. La dureza de los conflictos bélicos, de la crisis económica, de la pobreza, de las desigualdades e injusticias nos lo recuerda a día de hoy de un modo hiriente.

Pero tampoco hemos perdido la cualidad más poderosa de esa frágil caña: ser seres pensantes, ser esos seres que se siguen maravillando por todo (no solo ante el cielo estrellado sobre nosotros y la ley moral en nosotros), ser esos seres que continúan indagando y reflexionando aguijoneados tanto por la inquietud como por la seguridad existencial de que hay mucho por conocer, mucho por hacer, mucho por vivir.

La caña pensante que somos cada uno de los hombres y mujeres que hoy nos preguntamos quiénes somos sigue sintiendo el enorme peso de la gota de agua que nos aplasta así como el dolor del silencio e indiferencia del universo. Nos quebramos y nos lamentamos: es humano. Y a la vez también somos capaces de comprender que nuestro mundo lo hemos creado los seres humanos, que es necesario asumir nuestra responsabilidad y que aquí y ahora hay que ofrecer una respuesta meditada, reflexiva: un pensamiento que acompañe a los seres humanos por venir otro trecho en su camino porque mientras haya seres humanos siempre pensarán; en todo momento tendrán que afrontar preguntas existenciales, esas para las que no hay una única y unívoca contestación.

Quizás solo nos queda ese soplo de la brisa de un pensamiento anotado en un cuaderno que nos recuerda que somos una caña pensante, con su miseria y su grandeza.


[1] Pascal, B., Pensées, Classiques Garnier, Paris, 2000, pensée 231, p. 171.

Un pensamiento en “Julia Urabayen / Profesora Titular de Filosofía. Universidad de Navarra

  1. Arantxa Ugartetxea Arrieta

    Un bello texto. No apaguemos caña humeante. Gracias por la imagen y las palabras.

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