Liliana Zambrano Quintero / Investigadora Instituto de Derechos Humanos, Universidad de Deusto. Consultora en paz y conflictos

Liliana ZambranoCuando me pregunto ¿qué es ser humano hoy? me resuena la última parte de la pregunta: «el hoy». Y es que vivimos en un mundo cada vez más complejo, más dinámico, veloz, desigual y arrítmico que nos plantea nuevos y diversos retos como seres humanos. Desafíos que a veces nos confunden porque se nos muestran contradictorios. Exigencias que sentimos cerca o lejos porque nos interpelan directamente o porque suceden más allá de nuestras fronteras. Lo cierto es que la globalización cambió la forma de relacionarnos. Cambió la forma de relacionarse entre los Estados, y entre estos y otros actores emergentes en una sociedad global. Cambió la forma en la que nosotros, como individuos, nos relacionamos con otros. Esa dialéctica entre lo local y lo global, entre los espacios más próximos al individuo y los más alejados al mismo suscita, a mi forma de ver, un renovado interés por comprender la humanidad en las circunstancias del hoy.

Tampoco puedo pensar en ello sin ubicarme espacialmente. Sin reconocer las escalas geográficas dentro de las cuales se despliega mi accionar. En una realidad tan interconectada, tan interdependiente, donde gracias a las nuevas tecnologías continuamente se establecen lazos y contactos entre personas de aquí y de allá. Quizás no somos del todo conscientes que nuestras acciones, tanto individuales como colectivas, tienen un impacto, generan tensiones y conexiones que van más allá del lugar en el que habitamos, que trascienden nuestra cercanía y nuestra inmediatez. Puesto que no vivimos como seres aislados en celdas individuales, nuestras acciones traen consecuencias no sólo para nosotros mismos sino para otros. Las decisiones individuales tienen efectos colectivos y por tanto ser humano hoy exige responsabilidad.

Cambiar cada año de móvil simplemente por estar a la última moda en tecnología es un gesto
aparentemente inofensivo que a simple vista lo único que produce es hedonismo para el
consumidor. La persona posiblemente desconozca que tras esa fiebre consumista puede estar
ayudando, sin quererlo, a alimentar la violencia en otras latitudes del mundo. Es el caso, por
ejemplo, del Este de la República Democrática del Congo de donde se extraen los minerales
con los que se fabrica la telefonía móvil, en medio de un contexto de explotación, de amenaza
y de control por parte de mafias y de grupos armados ilegales.

La crisis de los refugiados sirios es un tema que ha adquirido gran relevancia en la actualidad y
que nos resulta de cierta manera próximo, pues ha tocado nuestras puertas. Una avalancha de
personas que buscan refugio en el viejo continente, no porque quieran vivir en Europa sino
porque salen huyendo de la guerra, una guerra en la que los países europeos también son
protagonistas. La inmigración de personas con culturas diferentes, con costumbres diversas,
con creencias distintas, se convierte entonces en un problema que preocupa porque amenaza
nuestra estabilidad, nuestra comodidad, nuestra armonía. Lo humano sería que nos provocara
compasión, impotencia y nos incitará a la solidaridad. Es lógico ser indiferente ante el
sufrimiento que no vemos o que sentimos lejano. Pero la humanidad está dada en tener la
capacidad de mirar más allá de mi “zona de confort” y de pensar en el otro, tanto en lo micro, lo
cotidiano; como en lo macro, lo global.

¡Sí! Hay decisiones que trascienden nuestras capacidades como individuos y que son los
Estados o las organizaciones sociales y políticas quienes tienen profundos compromisos en
este sentido, pero como seres humanos también tenemos otros retos por delante. Generar un
mayor sentido de lo público, afincar más los valores éticos, trabajar más en el ejercicio de la
solidaridad y del servicio por el bien general y el bien común. Todos estos detalles no podemos
esperar que quienes nos gobiernan sean los que hagan este trabajo. ¡No! Como personas
también tenemos un aporte grande y un papel importante que jugar. Lamentablemente, hemos caído en la trampa del individualismo: ¡sálvese quien pueda!, de la competitividad: ¡que gane el mejor!, del consumismo: ¡comprar y tirar!, y se ha dejado de lado el humanismo, la ética, valores como la generosidad, la tolerancia, el respeto, la honestidad. Todo ello ha venido
siendo convenientemente relegado a la esfera de lo privado como una manera de
instrumentalizar a los seres humanos solo para cuestiones meramente productivas o
mercantilistas. Estamos olvidando que el ser humano se define en lo colectivo, en la interacción
social, en la convivencia civilizada entre seres diversos. No somos ermitaños cohabitando en el
espacio. Somos agentes sociales conectados, hoy más que nunca, unos con los otros. Por
tanto, ser humano hoy, la humanidad en tiempos de hoy, radica en poder ser sin agredir a
otros, en poder ser sin doblegar a otros, en el “buen vivir” tanto mío como de los otros.

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