A. Nicolás Venturelli / Investigador Instituto de Humanidades (CONICET / UNC)

Nicolás VenturelliLa pregunta qué es ser humano hoy puede abordarse en un número de dimensiones, a veces solapadas o vinculadas y a veces muy alejadas e incluso encontradas entre sí. Puede tomarse cualquiera de estas grandes facetas para intentar ofrecer una respuesta, pero hay que saber reconocer las limitaciones de nuestra mirada, ya que en todos los casos estaríamos solo dando un posible acercamiento a un subconjunto de los temas y aspectos pertinentes.

Podría por ejemplo tomarse una perspectiva biológica, dentro de la cual suele primar una tendencia reduccionista, ligada al proyecto de secuenciación del genoma humano o a los avances acelerados de las neurociencias impulsados por programas científicos colosales como la Iniciativa BRAIN estadounidense o el Human Brain Project europeo. En estos casos la respuesta que se busca pretende ser atemporal o por lo menos variable solo en la escala de la historia evolutiva de nuestra especie.

Esta clase de respuestas tienden a ser mal recibidas en los ámbitos académicos cercanos a las humanidades y a las ciencias sociales, mucho más permeables a miradas integradoras en las que las dimensiones simbólicas, culturales o teleológicas prevalecen. Aun así, tomar en consideración el “hoy” de la pregunta que se formula podría tener que ver con el hombre biológico detrás de aquellos grandes proyectos científicos; esto es así por lo menos en el sentido situado y contemporáneo del auge que especialmente las neurociencias han estado experimentando en los últimos años. Aunque a veces no sea más que un supuesto detrás de una línea de investigación o de un posicionamiento teórico, no es ya una idea minoritaria la de que, sin más, somos nuestro cerebro. Esto es, la idea de que todos los rasgos que nos definen esencialmente como seres humanos, tanto en el sentido de individuos con una historia personal como en el de miembros de una especie biológica, dependen del desarrollo, la constitución y la actividad del cerebro.

Si bien no pretendo aquí rebatir esta idea, que entiendo como simplista y sesgada, creo que es relevante señalar que el impulso teórico detrás de la investigación neurocientífica de hoy, y en particular de los esfuerzos más globales para describir la función cerebral, puede ser absolutamente escindido de ideas grandilocuentes como aquella.

Muchas veces enarbolar esta suerte de metas últimas por parte de neurocientíficos, divulgadores y filósofos parece hacerlos caer en un proselitismo ilustrado, del que la investigación neurocientífica más seria no tiene necesidad alguna. El estado de desarrollo del campo asociado a las capacidades psicológicas más característicamente humanas se encuentra en una situación de fluctuación constante -ciertamente también a raíz de la gran acumulación de datos experimentales de variada proveniencia y precisión- y fuerte fragmentación. Por la cual, se hacen apremiantes abordajes integradores con la capacidad para interpretar los datos y obtener principios generales de la función cerebral. Estos requerimientos, ya visibilizados por buena parte de la comunidad internacional, convierten aquellas declamaciones en algo espurio y francamente intrascendente desde una perspectiva epistemológica.

Existe sin embargo otra mirada centrada en el hombre como organismo vivo, que, por cuanto colabore en mayor o menor medida a responder a nuestra pregunta por qué es ser humano hoy, resignifica de modo más interesante ese “hoy”. Mantener una mirada arraigada en la historia evolutiva, “biologicista” si se quiere, por más criticable que pueda ser si se la encorseta dentro de la óptica restrictiva y simplista que puede o suele encontrarse en muchos ámbitos científicos y académicos, puede ser muy rico e incluso renovador.

En los tiempos de transformación acelerada de nuestras formas de comunicación, producción y entretenimiento que vivimos, y a la vez de modificación profunda de nuestro entorno natural con proyecciones alarmantes en términos ecológicos. Volver a vernos como uno más de los habitantes naturales de la Tierra, como un fruto de los mismos procesos que produjeron la biodiversidad existente, como emparentados con otras muchas especies, como en definitiva fuertemente arraigados en la naturaleza, no puede sino ser un punto de partida atendible y provechoso; aun más, se trata, sin lugar a dudas, de un enfoque muy postergado por nuestro afán de distanciarnos del resto de los seres vivos, de coronarnos como especiales, únicos, o bien más sofisticados, más importantes que aquellos.

El problema aludido del alcance de las preguntas que pueden abordarse mediante los métodos de las neurociencias contemporáneas, de los límites que aquellos aún tienen a pesar de esa tendencia ávida a querer abarcar todo lo que se pueda en torno a lo que define al ser humano, no pretende ser una mera crítica a las neurociencias, sino más bien una demanda por la formulación de mejores preguntas, orientadas a la búsqueda de aquella trama silenciada que nos conecta con los animales no humanos y el entorno natural.

Por más que crea importante volver a recalcar aquella multidimensionalidad del problema a mano, creo que esta perspectiva constituye una base muy relevante, muy valiosa para comenzar a preparar el terreno para responder a nuestra pregunta y, por sobre todo, para refrenar la tendencia a destilar aquello de específicamente humano. Aquello de especial que nos destacaría por sobre todo el resto, una tendencia que, creo, ha hecho mucho daño incluso solo en el sentido epistémico de soslayar nuestro origen evolutivo y nuestra pertenencia a un medio al momento de pensarnos a nosotros mismos.

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